sábado, 27 de diciembre de 2008

Desnuda descreída derrotada: cavilaciones de fin de año


Esa idea que nos venden de que la vida es una escalera es falsa (tremendo descubrimiento ¿no?). Esa idea sugiere que cada paso que se da es en ascenso y que el siguiente siempre está por encima del anterior. La vida es errática, impredecible, medio loca.

Tengo 41 años. Estoy en la mitad de la vida y me siento como una recién nacida en algunos sentidos. Todas mis convicciones se han puesto a prueba, una a una han ido cayendo hasta dejarme desnuda, descreída. No tengo nada. Ni siquiera el trabajo que he venido desarrollando los últimos 15 años. Mis manos, siempre ocupadas, no encuentran que hacer, en eso consiste mi derrota.

Algunas amigas me dicen que vivir en Margarita es una especie de acelerador del Karma. No se…, me cuesta creer en el Karma, me cuesta creer y punto. Si el Karma existe, no hay necesidad de que crea en él. Como dice Didáctilos, el loco filósofo de Efebia, solo es necesario creer en lo que no existe. El asunto es que esta especie de viaje de Inanna o de Perséfone al inframundo de la economía insular, me ha obligado a despojarme de todo aquello que yo creía necesario. Y me veo ahora…sigo viva, ergo…nada de eso es necesario. No estoy cómoda, eso sí que no. Estoy completamente desnuda. Mi piel se ha endurecido un poco y claro no me duele tanto pero también siento menos placer.

Tengo algunas cosas y son importantes. Tengo amor. Tengo el amor de mis hijos, que me acompañan en todas mis locuras y hasta me las celebran, solidarios. Tengo el amor de mi amor, que es el más grande de todos y con él me arropo ahora que estoy desnuda y tengo frío. Mi familia me apoya en la distancia y a pesar de ella, yo los siento como si estuvieran aquí conmigo. Tengo amigos, aunque algunos de ellos prefieren mirar a otra parte incómodos, pero otros me tienden la mano generosos. Supongo que en estos momentos uno sabe quien es en realidad cada una de las personas que te rodean. La otra cara de la moneda bonchona de Margarita.

Debería estar además de desnuda, descreída y derrotada, desesperada, pero no lo estoy. Es extraño, hay algo tranquilizador en despojarse de tantas cosas. Lo más importante que se siente es ligereza. Queda lo importante, del resto puedo prescindir. Será que soy una optimista patológica, será que en el fondo sí tengo fe. Por lo menos en que si uno persiste en hacer lo que quiere, termina por salirle bien. Será que me gustan los retos y de vez en cuando me pongo en una situación difícil por el gusto de enfrentarlo.
En cualquier caso me toca renacer, rehacer, reintentar. Finalmente yo no soy lo que hago, ni lo que tengo.


Soy…simplemente.

lunes, 10 de noviembre de 2008

SPM

Rozo la locura cada mes como si fuera la primera vez. La conciencia no me alcanza para arropar tanta animalidad. Me deslizo imperceptiblemente por un costado de la vida hasta encontrarme en un sitio que conozco muy bien y a la vez siempre me es extraño. Me siento ajena y separada del mundo. Los problemas más insignificantes los miro con lupa y se convierten en monstruos de mil cabezas que me impiden dormir acosándome en el borde de los sueños. El mundo está lejos…allá en el fondo de un telescopio invertido, chiquitico y ruidoso. El tiempo se deforma y me desplazo con lentitud a pesar de que el cerebro piensa con rapidez y me apura. Me pongo impaciente y malhumorada. Creo que nadie me quiere…como hacerlo si soy un bicho kafkiano, incómoda, con patas de más y un caparazón que parece que no sintiera nada pero que todo lo hiere. En pocas palabras estoy loca.
Lo mas pavoroso de ésta locura es que está disfrazada de normalidad. Es natural, dicen, que las mujeres “suframos” este síndrome. Con razón muchas veces el ser femenino ha estado asociado a la locura, las mujeres son histéricas. Alguna dolencia misteriosa asociada al útero. Y yo todos los meses creo que algo grave pasa, que mi vida es un caos por una fracción de tiempo, que no se donde pongo las llaves, los lentes, la cartera y mi propio desorden me aprisiona. Que no puedo ser merecedora del bellísimo amor que mi marido tiene para mí, pues soy una loca insomne y despelucada indigna de cualquier cosa. Mis hijos me sobran y pido silencio.
Quizás lo que no es normal es que tenga que llevar una vida normal en esos días. Que tenga que manejar, trabajar, cocinar y hacer todo lo que la gente menos loca hace. Por eso pido taima, pero bajito, no vaya a ser que me oigan y luego me digan floja. Por eso pido una tregua, pero con mucha vergüenza porque ocurre con mucha frecuencia..
A esto le sigue la sangre y el dolor. Los prefiero a la locura. A veces me da risa, cuando descubro que es solo el Síndrome Pre-Menstrual el que me ha estado molestando. A veces me da tristeza no darme cuenta a tiempo antes de sentirme como un licántropo incomprendido. En cualquier caso respiro aliviada y comienzo otro ciclo, así es la vida.

viernes, 7 de noviembre de 2008

silencio







Hoy necesito silencio
que se callen los tambores de la plaza
los vidrios rotos
las alarmas

que desaparezcan el asfalto y la gasolina
los bolívares fuertes y las transacciones

Necesito que callen todos
los gritos en la mañana
el ruido infernal de la cotidianidad

la perra que le ladra a la noche
el gato afónico
el hidroneumático mugiente

Necesito una tregua
un respiro
un aliento
un chocolate
una siesta
un té
un abrazo

Solo por hoy necesito silencio

quiero sólo oírme

el ritmo inquieto de mi pecho
el murmullo malhumorado de mis tripas

Solo por hoy

Mañana será otro día de ruido

jueves, 9 de octubre de 2008

Mañana



Son las 6 y 45 minutos de la mañana. La cafetera gorgotea su líquido marrón y el aroma se esparce por la casa. Mi momento favorito del día comienza y me entrego a él con lentitud. El café huele mejor de lo que sabe, dicen algunos, pero yo me deleito con cada una de sus facetas. El aroma primero del café seco cuando lo coloco generosamente en el vientre de la cafetera, apretándolo con suavidad. Luego el misterioso cuando cuela, que alcanza todos los rincones de la casa. Mas tarde en la taza, negro, humeante, con papelón, mi manera favorita de tomar café. Con la taza tibia en mi mano doy pequeños sorbos, está caliente. Observo la hermosa montaña que se despliega frente a la ventana de nuestra cocina. Todas las mañanas se pinta diferente. Algunas es dorada, límpida. Otras se tiñe de rosado y algunos penachos de nubes como plumas le acarician la corona. El verde, cuando es época de lluvia, y sus infinitos tonos. Los copeyes brillan como si escondieran plata. El gris seco, cuando la lluvia nos elude. El amarillo instantáneo y fugaz cuando los guamachitos florean.

El aire esta fresco, aún el calor no aprieta.

El silencio. Ese espacio sin ruido indispensable para mí. Nadie me llama, nadie me requiere, soy mía y de la mañana. Solo el gato se acaricia con mis pies y pretende montarse en mis hombros como un loro o un abrigo de visón ronrroneador. No me molesta, me conmueven sus demostraciones silenciosas de cariño.

Las siete. Se acaba mi pequeño interludio de quietud. Despierto a los niños y comienza mi proceso de dilución, de derramamiento hacia los otros. El silencio se rompe, un poco dolorosamente. Un portazo, el agua del lavamanos, la poceta. Los buenos días de mis niños restregándose los ojos con sueño.
Empieza el día.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Gringo pagado


En todas partes soy extranjera. Claro, mis orígenes contribuyen a este hecho. Y cuando la gente me pregunta de donde soy…suspiro y echo un cuento largo. Nací en Ithaca (a donde míticamente debo volver), NY, pero solo por casualidad. Mi papá trabajaba en Cornell University (y mi mamá lo acompañaba) cuando yo vine al mundo y por eso tengo un pasaporte azul que dice que yo soy U.S. Citizen. Pero no me salvo de los maltratos en la embajada norteamericana por ello, soy “citizen “de segunda categoría. O sea, no soy gringa pues, o lo soy pero no tanto.

Mi papá es tan venezolano como cualquiera cuya familia tenga más de 300 años en Venezuela o algo así. Venezolano endogámico, de esos que se casaron entre ellos hasta que casi hizo aparición el rabo de cochino de los Herrera. Caraqueño de pura cepa con algo de Valenciano pues mi abuela es de por allá. Así que soy venezolana también y así lo dice mi segundo pasaporte.

Mi mamá es de otro cuento: nacida en Estocolmo, contribuye en un 50% a la confusión genética y fenotípica que hace que yo no sea de ninguna parte y de todas a la vez. Tener una mamá sueca es como tener una mamá elfo, una especie de ser mítico, claro y muy muy extranjero, que además causa ciertas sonrisitas explícitas a causa de las famosísimas porno suecas.

Mi papá muerto de la risa, cuando aún consideraba la “extranjería” de mi mamá atractiva, solía decir que a los hermanitos Herrera-Nälsén se nos reconocía facilito en donde sea. En Venezuela porque éramos mas catiritos y suequitos que el promedio y en Suecia (donde vivimos un año) porque éramos los morenazos latinos de la cuadra. Todo es cuestión de punto de vista.

También recuerdo al respecto lo curioso que me parecía que en Mapire (un pueblito que según Julio Verne, está graciosamente inclinado sobre el Orinoco, en el Estado Anzoátegui) cualquiera que viniera de más lejos que Pariaguán, era gringo. Sin importar el color del pelo, ni de la piel, ni el acento inconfundiblemente venezolano (pero definitivamente no mapireño). Todos éramos gringos, sin importar que viajáramos el curiaras, cagáramos en letrinas, viviéramos en casa de bahareque y techo de moriche y comiéramos rayao frito como el que más. Eso solo nos hacía raros, pero gringos.

Mi hermana, que dicen que se parece a mí, también vivió una situación particular al respecto en la propia New York. Daba clases en el Bronx en una escuela “afroamericana”. Los gringuitos afroamericanos le tenían la vida hecha de cuadritos por ser gringa blanquiñosa (ella estaba ilegal en EEUU y sí, es muy blanquita y catirita). Ella no sabía que hacer y se desesperaba. Hasta que un día se arrechó y les echó una perorata en perfecto venezolano mandándolos todos al carajo. La cosa cambió inmediatamente, ella pasó a ser de otra minoría oprimida en EEUU, a ojos de los niños del Bronx , y la toleraban un poco más, pero no del todo pues seguía siendo demasiado blanca para ser latina.

Todo este cuento viene porque ahora vivo en La Asunción. Una pequeña ciudad (solo porque tiene título Real de ciudad, no porque lo sea realmente) bellísima y colonial que es la capital de la Isla de Margarita. En donde definitivamente todo el mundo es extranjero. Y claro, en Margarita hay muchísimos extranjeros. Hay franceses, italianos, chinos, suecos, holandeses, norteamericanos, canadienses, etc. buscando fortuna y sol. A los margariteños de pura cepa no les gusta mucho eso de que vengan de fuera a estropearles la isla y yo en parte les concedo la razón. Lo que sí les gusta, son sus dólares, pero ese es otro cuento.

En Margarita, los margariteños llaman “navegaos” a los venezolanos no margariteños que habitamos Margarita. Parece complicado pero no lo es. Finalmente todos nos acostumbramos a ser la espina en el zapato (más bien chancleta pues nadie en su sano juicio usa zapatos en Margarita) de los margariteños y ellos nos toleran con cierta intolerancia. El asunto es que La Asunción es particular al respecto. En la Asunción es más extremo el tema y todo el que no es de La Asunción es extranjero. Yo no había caído en cuenta de ello hasta que mandé a la lavar ropa a la lavandería UPA K´CHETE a una cuadra de la Plaza Bolívar. Conociendo las idiosincrasias locales (y las de todo el mundo) un poco, le pedí a mi venezolanísimo esposo Luis Guillermo (cuya madre es asuntina, por cierto) que llevara la carga de ropa sucia él, pues mi pelo y mi aspecto levantan inmediatas sospechas y me tratan como a una turista. Es decir, me cobran en dólares.

Él lleva la ropa, lo atienden amablemente, le dicen que la ropa va a tardar tres días en ser lavada. Cosas de los ritmos de la isla y lo espasmódico que es el servicio de agua. El miércoles siguiente buscamos la ropa, y nos horrorizamos por lo que nos cobraron (cosas de los inflación desquiciada que estamos viviendo, suponemos). En casa ya, cuando estoy sacando la ropa de las bolsas plásticas, veo unas etiquetitas pegadas a ellas. No puedo menos que arrancar a reír.
GRINGO
PAGADO
dicen en perfecto asuntino. Aquí no se salva nadie. Somos todos gringos.

lunes, 18 de agosto de 2008




viernes, 15 de agosto de 2008

Selección natural

Tuve un primer impulso de ayudarla. Los trece pisos y el hecho de que eran muchos detrás de ella, me disuadieron. No había nada que hacer, solo observar como la perseguían. No dejaba, sin embargo, de inquietarme. Una parte de mi se solidarizaba con ella, sola y perseguida, y otra decía que era lo natural. Ella volteaba de vez en cuando y miraba asustada a sus perseguidores. Eran como ocho, no podía contarlos con precisión, pues se movían mucho y además se sumaban y restaban orgánicamente como si funcionaran en masa.

Podía percibir su angustia. Sus gestos denotaban miedo. Todo pasó tan lento y a la vez tan rápido que mas me tardo en contarlo que los hechos en sucederse realmente, pero me dio tiempo de percibir detalles. Como si estuviera allí. Como si fuera ella. Como si fuera ellos.

La perseguían y ella hacía lo posible por no dejarse atrapar. Casi podía escuchar sus respiraciones agitadas. Ver los ojos inyectados en sangre. Olfatear las hormonas fluyendo enloquecidas, moviendo músculos, promoviendo la persecución. Un solo objetivo. Una sola presa. Ella corría.

Fue derecho hacia la gran avenida. Parecía una huida desesperada, pero al observarla cruzar, me di cuenta de que no era así. Se escurría entre el tránsito veloz con la habilidad de un experto. Era su medio natural. Ningún carro la tocó. No hubo movimientos forzados, ni titubeos. Cruzó fluidamente en diagonal, mirando solo hacia delante. Obstinada.

Los que venían atrás no vieron el peligro. Sólo la olían, la miraban a ella, que se les escapaba hábilmente. Arremetieron contra el asfalto sin mirar, con consecuencias nefastas. Dos fueron atropellados sin misericordia. Los carros no se pararon a ver que había pasado. Los demás llegaron al otro lado brincando, cada vez más enloquecidos.

Ella volvió a cruzar. Otra vez en diagonal. Y se repitió la escena de igual modo. Ella incólume, calculando cada movimiento y ellos desenfrenados con el sexo como único objetivo. Así fueron cayendo, dos más. Luego tres. En cada cruce en diagonal, ella se deshacía de unos cuantos. Un zig-zag mortífero para ellos, de alivio para ella.

Finalmente quedaron solo tres. De pronto ella paró la carrera y los enfrentó, quizás estaba cansada ya. Los midió por unos segundos. Ellos se abalanzaron sobre ella. Se peleaban entre sí, mordiéndose las patas. Desaparecieron de mi vista luego de un rato de tumulto desordenado y violento. Supongo que ella elegiría a alguno para aparearse, pero no vi a cual.

jueves, 31 de julio de 2008


30 agosto al 14 de septiembre

Estoy requetecontenta y mucho mas orgullosa de invitarlos a participar de este bellísimo festival que estamos organizando un gentío en La Asunción, la capital de nuestra isla.

El festival comienza el 30 de agosto con la inauguración de la exposición: En escala de isla, que organizamos D'Abolengo y Guarura. Son mas de treinta artistas lugareños y navegaos, que tienen por reto el trabajo en pequeño formato. Así, exhibiremos fotografías, acuarelas, pinturas, ensamblajes, escultura, vitrofusión, y un largo etcétera de cosas entre las dos galerías.

La inauguración del Restaurant Casa Café, sirve de marco para abrir todos los espacios del Centro Comercial El Güire, en donde la música, el cine, las actividades con niños se desarrollarán desparramándose por toda La Asunción.

Estare informando del cronograma de actividades y demás detalles. Pero lo que es cierto es que ¡no se lo pueden perder!

martes, 17 de junio de 2008

Renuncia

Me llegó el tiempo
de dimitir
de renunciar

entrego mis resistencias
mis miedos
renuncio a mi coraza
y mi espada

prescindo de mis máscaras
y disfraces
renuncio al verbo metralla
y a la trinchera
entrego mis heridas de batalla
la sangre derramada
y la sal de mis ojos
la que no te pertenece


me deshago de todos los vestidos
que protegen mis secretos
y me quedo desnuda
vestida solo con mi piel
tus manos y tu lengua

y me entrego

íntegra como si estuviera nueva
completa como si fuera antigua
renunciando a lo que fui
abrazando lo que seré.

viernes, 13 de junio de 2008

Publicación de poemario









Anoche hicieron en la Librería del Sur de Playa el Angel, la presentación de varios libros publicados por El Perro y la Rana de autores margariteño y "navegaos". Entre esos libros estuvo el mío. Estuvieron los amigos acompañándonos y brindando. Fue emocionante y bonito. Gracias a los que estuvieron y a los que no pero que de algún modo si.

viernes, 7 de marzo de 2008



Sospecho que pronto moriré. Todos vivimos, lo sé, bajo la certeza de la mortalidad y la gente utiliza todo tipo de estrategias para que cada respiración no cause la angustia del final que acecha. Lo que me pasa a mi es un poco distinto, o quizás sea igual para todo el mundo, no me atrevo a preguntar por ahí. Tengo la certeza de que muy pronto voy a morir y seguramente de forma violenta o por lo menos pintoresca. Todas mis vidas anteriores a ésta han sido cortadas por el mismo patrón. Y si, las recuerdo dolorosamente, por extraño que parezca. He vivido cientos de vidas y muy variopintas. He sido monje italiano y morí envenenado por un compañero de claustro. Fui cortesana francesa y me asesinó una mujer celosa. También aviador, extrañamente perdí la vida de manera tonta en la bañera de mi casa. Fui sirviente de un conde inglés y sufrí una horrible indigestión que me llevó a la tumba. Una vez fui pirata y morí de una enfermedad vergonzosa. He sufrido todos los males y pestes de la humanidad. He muerto de hambre, de frío, quemada en la hoguera, comida por animales salvajes, en accidentes de tránsito, accidentes domésticos, asesinatos, incendios, inundaciones, terremotos, tempestades, en manos de extraterrestres, de lunáticos antisociales norteamericanos y cuanta calamidad se le ocurra a la imaginación. Hasta he muerto latinoamericanamente de amor en más de una ocasión. Recuerdo cada una de mis vidas y particularmente recuerdo cada una de mis muertes. He practicado todas las religiones y cultos que los humanos hemos inventado a lo largo y ancho de la historia y la geografía. De hecho hasta creé alguna yo misma en alguna de mis vidas. He estudiado todas las filosofías. No me ayudó el estoicismo, ni el eclecticismo, ni el existencialismo, ni el materialismo, ni el New Age. Ni siquiera me ayudó la física cuántica. Nada de eso me ha servido de algo. Vuelvo a vivir y a morir con perfecta conciencia de todo, sin remedio y sin esperanza.

En esta vida soy cocinera en un famoso restaurante en una famosa isla del Caribe y para burlar mi destino en esta vida he decidido ser budista, iluminarme y evitar el interminable ciclo de reencarnaciones que solo traen sufrimientos y muerte. Alcanzar al nirvana de la no-existencia iluminada evita todos los sufrimientos, la idea distinta a la de la vida eterna en el cielo de los judeo-cristianos, quienes sugieren que sufriendo se llega al cielo. No entiendo como no se me ocurrió antes, pero no se si funcione. Ha sido difícil, pues lo he tenido que hacer en secreto. Nadie debe saber que hago 600 postraciones diarias, ni que repito mantras como lunática hablando sola, ni que cargo una mala amarrada a la muñeca. Casi siempre lo hago de noche, o cuando todos comen o duermen la siesta o hacen el amor. No me atrevo a ir al Tibet y hacer un curso intensivo, porque resultaría obvio. Estoy determinada a no volver a vivir. Es como cometer suicidio cósmico. Estoy determinada a burlar el destino.

El destino, más precisamente mi destino, está escrito. Todas mis vidas anteriores fueron escritas y ésta que estás leyendo, también, como es obvio. Mi destino lo escribe alguien que evidentemente no respeta mi derecho al Libre Albedrío y se divierte decidiendo en que situación ridícula me va a colocar en una determinada vida. No me puedo esconder. He hecho viajes increíbles escapando de mi destino, y solo se incorporan a la trama de mi vericuética vida, la de ese momento, haciéndola, para colmo más interesante y rica en giros imaginativos. Me he suicidado, y lo único que he logrado es facilitar el trabajo y añadirle dramatismo al asunto. He hecho cosas reñidas con las buenas costumbres y con la ética, he matado, he robado, mentido, gritado y pataleado, creyendo que con eso burlaba el curso de mi historia, para descubrir tristemente que ese camino que yo creía estar escogiendo, me llevaba a mi propio final. El final escrito.

Estoy sospechando que lo mismo me va a ocurrir con esto del budismo. A veces, recitando los mantras, me vienen a la mente fogonazos de estar cumpliendo un papel asignado. Que esta misión que me he impuesto con toda seriedad, no es más que otra historia. Cuando me siento a meditar y pongo mi mente en blanco, o visualizo alguno de los demonios protectores, la veo. La veo sentada escribiendo y sonriéndole a la pantalla de su computadora. Se que me descubrió. Se que está incorporando esta faceta de mi vida en la trama de la historia que está escribiendo. Me va a matar pronto. Y claro, de eso vive, es escritora. Y cada cuento que publica sobre mí, sobre mi vida y sobre mi muerte, le permite a ella seguir viviendo. Y escribiendo.

Ahora lo tengo claro. La única manera de morir definitivamente es que en este momento tú acudas en mi auxilio y dejes de leer ya.

lunes, 28 de enero de 2008

Mala educación

Normalmente se pensaría (o por lo menos yo lo hacía) que con el pasar del tiempo, además de viejos nos “ponemos” conservadores. Claro esto es válido solo para aquellos que no son conservadores “de nacimiento”. Nada como la proximidad de la muerte (que en realidad siempre nos acompaña a la misma distancia desde que nacemos) como para que hasta el más librepensador, socialista, mente-abierta y loco, comience a pensar en los pecados, a tener miedos y remilgos y hasta se persigne de vez en cuando. O será como dice Luís Guillermo, pura flojera que da dar la batalla por cada pensamiento, se cansa uno. Y eso no tiene nada de malo. Solo me doy cuenta que mientras mas vieja me pongo mas empecinada soy y por lo tanto mas cansada también. Lo que me diferencia de la juventud es solo que ahora escojo mejor las luchas en las que adopto una posición beligerante. Una gran cantidad de veces, me río (o lloro) para mis adentros y lo dejo pasar. Una cuestión de tiempo disponible quizás. Cansancio puro, a lo mejor.

Y no voy a hablar de política ni de religión. Aunque me pican los dedos por hacerlo de vez en cuando. No lo hago porque mi posición al respecto es mía personal y como no tengo ninguna actividad (salvo votar o decidir no ir a la iglesia, y eso se decide y se hace íntimamente) en la que mi opinión tenga una posibilidad real de cambiar algo, prefiero que mi vida discurra en paz pensando lo que pienso y actuando en consecuencia sin dar demasiadas explicaciones. Estos temas, además se relacionan muy de cerca con las creencias y las creencias, como los actos de fe, me son cuesta arriba, no las entiendo del todo. Lo que me ocupa es la educación. Concretamente, y para no hablar por los demás, de la educación de mis hijos.

Recuerdo siempre los comentarios que me hacía mi ex-suegro (si es que esa figura existe), es decir, uno de los abuelos de mis hijos. El me decía que antes, criar muchachos era más fácil. Ellos tenían que obedecer y punto, y si no, un golpe bastaba para que se entendiera quien era el que mandaba. Los muchachos no hablaban en la mesa (mi abuelo materno también decía eso). Sostenía que yo hacía mal razonando tanto con ellos, los estaba malcriando, según él. Quizás tenía razón. Es mucho más fácil controlar a un muchacho que educarlo. Es más fácil soltar el golpe que dar una explicación (que probablemente tengas que repetir hasta que le salgan callos en los oídos). Es más fácil exigir, que dar.

La escuela de mis hijos es un vivo ejemplo de eso. Ellos estudian en una escuela privada (es decir yo les pago mensualmente el equivalente a un sueldo mínimo) que intenta todos los días que seamos nosotros los que hagamos su trabajo, supongo que así les sale mejor el negocio. Su idea de educación se parece más al adoctrinamiento religioso, o a la domesticación de animales que al objetivo de que el niño aprenda (y disfrute haciéndolo) cosas que le van a ser útiles para vivir la vida. Y yo estudié en un colegio muy similar, solo que dimensiones infinitamente superiores (por el tamaño, que no estoy haciendo valoraciones de calidad). Era un colegio enorme de 45 niños por aula y cinco aulas por nivel. Estudiaba además con hijos de ministros y eso me ponía el rasero social (léase económico) muy alto. Siempre fui la rara. Mis hijos son raros también. De tal palo tal astilla.

No entiendo por ejemplo, que en pleno siglo veintiuno, sigan exigiéndoles a los niños que parezcan “hombrecitos”, es decir que tengan el pelo corto y jueguen juegos de niños. Y a las niñas que se arreglen pero poquito, se les permite reflejos en el pelo, brillo en las uñas, tres pulseras y un collar, pero no más. Tienen que parecen mujercitas, pero no hay que exagerar. Que en Margarita, que hace un calor horroroso, se imponga a las niñas “mayorcitas” un pantalón de plástico (esos de cajera de banco) con tachones y amplios para que “no se les vea la forma del cuerpo” (y eso es una cita literal). Lo mas increíble es que también tienen que llevar medias blancas hasta la rodilla para que cuando se sientan no se les vea un centímetro de piel que genere malos pensamientos. Y zapatos negros hasta por dentro, para que no se les escape ni un ápice de luz. La regla llega tan lejos como para impedir que un niño haga uso de su derecho (humano) de estudiar por no parecer un estudiante de ese colegio en particular. A mi me da entre risa y ganas de llorar la cosa. Entiendo el esqueleto del razonamiento que conlleva a esas reglas. La adolescencia es una etapa terrible. Los niños hacen competencia con la ropa y se miden por las marcas y costos de los accesorios que llevan un poco copiados de las películas gringas esa en que las niñas populares son porristas y catiras y los muchachos bellos futbolistas. Los estudiosos son “nerds” y rechazados. Pero llevar las reglas hasta ese extremo le otorga una excesiva importancia a la apariencia. Mucho al Este ya es el Oeste diría Tadeo. La vida monacal para controlar el pecado. Lo reitero, es mucho mas fácil imponerse que educar. Reglamentar que dialogar. Después de todo, las reglas, así como las leyes sirven sólo para obligar a la gente a hacer las cosas “bien”. Es una cuestión de forma y no de fondo, lo cual, en mi opinión se opone directamente a los objetivos de la educación (al menos los objetivos que tengo yo en mi cabeza). ¿Amaestramos pulgas o enseñamos ética a los niños?

Es increíble, por ejemplo, que en ese colegio se considere un deber de los niños, inspirar y motivar a los profesores, pues ellos dedican sus vidas a soportar los desmanes de una horda de adolescentes inquietos. Yo, en mi infinita ingenuidad, entendía que era al revés. La matemática no es divertida así nada más, es el profesor el que puede hacerla divertida usando estrategias que yo, inocentemente creo que estudió en la universidad. Si el niño no entiende la matemática es definitivamente, según el colegio, culpa directa del niño (por no poner atención o por bruto) e indirectamente de sus representantes (por no practicar matemáticas a las nueve de la noche con ellos o porque no saben matemáticas, por irresponsables), nunca del maestro que no sabe llegar de diferentes maneras a sus alumnos y hacerlos entender, que en definitiva si es su trabajo. La ley de educación que obliga al maestro a repetir un examen si mas del 50% está aplazado, es una vil violación a los derechos del maestro, pobrecito, que tiene que repetir un examen solo porque los niños son flojos o hacen conflagraciones en contra suya para hacerlo trabajar de más. O peor aún, es un atentado contra la economía de los dueños del colegio, pues tienen que ingeniárselas para no pagar horas extras para rehacer los exámenes que los chicos, con tan mala intención decidieron no pasar.

Es también dolorosamente inquietante que los niños sean promediados y se les exija un mínimo de rendimiento (que deciden ellos), que invariablemente requiere que uno firme un “acta compromiso” en el que necesariamente (y explícitamente) los estudiantes requieran profesores fuera de las horas de clases: lo que llaman “clases especiales”. Es decir, uno paga un colegio que no puede enseñarle a sus hijos lo que los profesores particulares (a los que tambien hay que pagar) si pueden. Lo miran a uno con desdén cuando uno se conforma con que el niño sea “promedio” y defienda su felicidad por encima de un futuro promisorio como abogado de la República y hacen que uno firme de nuevo un acta compromiso en la cual consta que uno no quiere que su hijo haga tarea hasta las nueve de la noche, porque (hippie y loco somos) deseamos que los niños tenga un rato para estar en familia, jugar, bañarse y comer.

Es común también, que cualquier desviación de lo que los educadores consideran un comportamiento adecuado, sea tildada de criminal y “malandricen” con una facilidad horrorosa a los chamos. Eso viola cualquier tratado de Programación Neurolinguística y en todo caso, solo me parece que estimula a los chamos a comportarse según las etiquetas que los mismos profesores les endilgan.

Es un trabajo interminable. Los niños llegan del colegio (que yo pago, repito) a desmontar pieza por pieza lo que durante el día fue impartido como educación. A tapar los huecos que constantemente dejan abiertos y enseñarles cosas que creía que aprenderían. Yo diría que deseducar a mis hijos, es mi principal labor y lo mas triste es que pago por que los eduquen. Y sueño con una educación abierta, bonita, divertida, realmente formativa, no competitiva, respetuosa de las diferencias y con la mayor libertad posible. Una educación que realmente sirva para vivir y para hacer del mundo un sitio mejor. Soñando vivimos. Soñando y haciendo lo mejor que se puede. ¿Verdad?
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