sábado, 27 de diciembre de 2008

Desnuda descreída derrotada: cavilaciones de fin de año


Esa idea que nos venden de que la vida es una escalera es falsa (tremendo descubrimiento ¿no?). Esa idea sugiere que cada paso que se da es en ascenso y que el siguiente siempre está por encima del anterior. La vida es errática, impredecible, medio loca.

Tengo 41 años. Estoy en la mitad de la vida y me siento como una recién nacida en algunos sentidos. Todas mis convicciones se han puesto a prueba, una a una han ido cayendo hasta dejarme desnuda, descreída. No tengo nada. Ni siquiera el trabajo que he venido desarrollando los últimos 15 años. Mis manos, siempre ocupadas, no encuentran que hacer, en eso consiste mi derrota.

Algunas amigas me dicen que vivir en Margarita es una especie de acelerador del Karma. No se…, me cuesta creer en el Karma, me cuesta creer y punto. Si el Karma existe, no hay necesidad de que crea en él. Como dice Didáctilos, el loco filósofo de Efebia, solo es necesario creer en lo que no existe. El asunto es que esta especie de viaje de Inanna o de Perséfone al inframundo de la economía insular, me ha obligado a despojarme de todo aquello que yo creía necesario. Y me veo ahora…sigo viva, ergo…nada de eso es necesario. No estoy cómoda, eso sí que no. Estoy completamente desnuda. Mi piel se ha endurecido un poco y claro no me duele tanto pero también siento menos placer.

Tengo algunas cosas y son importantes. Tengo amor. Tengo el amor de mis hijos, que me acompañan en todas mis locuras y hasta me las celebran, solidarios. Tengo el amor de mi amor, que es el más grande de todos y con él me arropo ahora que estoy desnuda y tengo frío. Mi familia me apoya en la distancia y a pesar de ella, yo los siento como si estuvieran aquí conmigo. Tengo amigos, aunque algunos de ellos prefieren mirar a otra parte incómodos, pero otros me tienden la mano generosos. Supongo que en estos momentos uno sabe quien es en realidad cada una de las personas que te rodean. La otra cara de la moneda bonchona de Margarita.

Debería estar además de desnuda, descreída y derrotada, desesperada, pero no lo estoy. Es extraño, hay algo tranquilizador en despojarse de tantas cosas. Lo más importante que se siente es ligereza. Queda lo importante, del resto puedo prescindir. Será que soy una optimista patológica, será que en el fondo sí tengo fe. Por lo menos en que si uno persiste en hacer lo que quiere, termina por salirle bien. Será que me gustan los retos y de vez en cuando me pongo en una situación difícil por el gusto de enfrentarlo.
En cualquier caso me toca renacer, rehacer, reintentar. Finalmente yo no soy lo que hago, ni lo que tengo.


Soy…simplemente.