lunes, 14 de noviembre de 2011

Mañana

Mañana es una palabra llena de promesas, que suelo mirar con desconfianza. Mañana es esperanza, esa que me había prometido no sentir porque estoy enferma de optimismo y vivo surfeando sobre imposibles. Pero hoy no puedo vivir sin mañana. Hoy respiro mañana, sueño mañana. Mañana es una palabra llena de amor. Mañana sabe a beso, a reencuentro, a corazón saltando. Mañana finalmente mis ojos lo alcanzan de nuevo y mis manos vuelven a tomar las suyas. Mañana llega mi amor. Salta el mar y el pedazo de tierra que nos separa y viene a mí, mañana. Mañana es día de alegría. Mañana es el comienzo de otra de nuestras aventuras, esas que juramos vivir juntos. Bienvenido al mañana mi amor, que aquí desde hoy te estoy esperando.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

DIECIOCHO

Hoy hace dieciocho años que comenzaste ese increible viaje desde mi vientre al mundo. Un trayecto corto, pero inmenso por todas las posibilidades que entraña. Hace dieciocho años me estrené en ese incierto y bello destino de madre y tú respiraste por cuenta propia por primera vez, inaugurándote en la vida.

Los meses anteriores fuimos una, el oxígeno de mi sangre te llegaba, indispensable. Te alimentaste de mi cuerpo e hiciste acrobacias acuáticas, pececito inquieto, en ese pequeño mar que me habitaba. Anidaste dentro de mi y yo te sentía allí moviéndote, latiendo al son de tu propio corazón acompañado por el mío. No imagino relación más íntima que esa.

No te puedo decir exactamente lo que sentí al verte por primera vez, fué abrumador, emocionante. De algún modo ya te conocía, pero por otra parte te veía la cara y te tocaba los dedos por primera vez. Tus intensos ojos negros me miraron, inquisitivos. Yo pensé en ese momento que te estabas preguntando si yo estaría a la altura de la labor que estaba por comenzar. Supongo que nunca se está verdaderamente a la altura, es algo que se intenta y se construye todos los días. Sólo se del amor, tan intenso que casi duele, que sentí en ese momento y sigo sintiendo por ti. Ser tu mamá es unos de los retos más bonitos que he tenido en la vida.

Recuerdo claramente cuando yo misma cumplí 18 años. Recuerdo la emoción y la expectativa, todo estaba por comenzar, por hacer. Mi mamá durante mucho tiempo me dijo que para “hacer lo que me diera la gana” tendría que esperar a los 18 años, la mayoría de edad, y yo contaba el tiempo impaciente. Supongo que ella creía que compraba tiempo a mi rebeldía, postponiendo la desilusión. ¡Que desengaño! En Venezuela, a los 18 puedes manejar, beber, comprar cigarrillos, casarte, abrir una cuenta de banco y tener propiedades, pero aún son muchos los años por delante para la independencia, que es lo que permite “hacer lo que te da la gana” con total responsabilidad sobre las consecuencias. Me tomó unos cuantos años más tomar las riendas de mi vida y más aún ser totalmente responsable de mi misma. Mudarnos para EEUU significa una tregua de 3 años para que eso se complete, al menos la parte legal. Aqui solo puedes manejar y viajar (creo que casarte tambien, pero no se), el resto de los deberes y derechos los adquieres a los 21. Legalidades aparte, la mayoría de edad es sobretodo un hito simbólico, está allí para recordarnos que estamos en el camino de hacernos adultos y ese camino es largo. Yo estoy y estaré siempre aqui, contigo de cerca o de lejos, como nos toque en la vía, para acompañarte, para apoyarte, para quererte y para honrar ese bello momento en que te di a luz. ¡Feliz cumpleaños mi amor!

sábado, 2 de julio de 2011

Sotobosque y despedida


Es curioso, casual o no, no se. Cada vez que me mudo expongo en la Galería AZULARTE y además coincide con mi cumpleaños. Es como una conjunción mágica en la que Luciano Gimón, funge de galerista y oficiante de un gran cambio en mi vida.

Esta vez el paso es grande. Me voy más lejos y por lo tanto esta exposición tiene mayores tintes de despedida. Y eso que yo no creo que nada sea definitivo, por lo menos hasta que lo sea. Es decir, todavía no me toca sacar esas cuentas. En cualquier caso, decido ser Ulises y no Penelope y viajar, volver, buscar, quizás de vuelta a Ítaca.

El paso es grande y las circunstancias en las que preparé esta exposición fueron especiales. Sin taller de trabajo, armada solo con lo que tengo a mano, mi inquebrantable voluntad de trabajar, un poco de inventiva y algo de realidad virtual, me tocó (o elegí) preparar una especie de retrospectiva de mis tiempos de ecóloga cuando estudiaba las aves del sotobosque de Guatopo. De allí surge SOTOBOSQUE.

Sotobosque es la palabra científica que designa la parte baja de un bosque. Delimitado por el suelo y las ramas inferiores de los árboles, enmarcado por la repetición vertical de sus troncos, el sotobosque es un mundo fascinante, lleno de luces y sombras, texturas y colores, animales y ruidos.

En ésta exposición, rememoro mi tiempo de ecóloga, pero ya con otros ojos. Inmersa en esa escala humana del bosque y con mirada de artista, me recuerdo pequeña y humilde, asombrada ante el misterio y su belleza.

Las piezas están elaboradas de diversas maneras: acrílicos sobre lienzo, sobre madera, hojilla de oro, de plata y con técnicas digitales impresas sobre lienzo o sobre clear. Transparencias, brillos, ritmos y colores predominan en la propuesta. No intentan un inventario ni una descripción de lo observado, sino más bien una aproximación emocional a lo recordado. De allí su cualidad onírica y sutil.

Espero que me acompañen el domingo 10 de julio a las 11 am en Azularte Galería, en El Hatillo, para la inauguración de esta exposición. Porque no hay mejor manera de celebrar cumpleaños y despedidas, que rodeado de gente querida.

sábado, 14 de mayo de 2011

El árbol viajero



Primero me llegó su olor y una inmensa ternura me invadió al comprobarlo. Floreció el arbolito de Ylang-Ylang que sembramos en nuestra casa. ¡Qué arbolito tan valiente ese! Desafiando la falta de agua y el suelo arenoso en donde está sembrada, nos regaló sus primeras flores, como siempre, escondidas en el follaje, pero delatadas por su fuerte olor dulce. Floreció el día de las madres, cosa que fue una linda casualidad. Mi mamá me trajo la madre de esa mata de República Dominicana. Llegó de viaje con una maleta gigantesca y muerta de la risa me dijo que me traía un regalo. Cuando la abrió salió el tronco de un arbolito con maceta y todo y yo no podía del asombro. Claro, ella no se imaginó nunca que traerse una mata en la maleta es ilegal, y nadie sospechó de su cara de lapona inocente. En ese momento vivía yo en Lara y allá lo sembré, el arbolito viajero. Tuve suficiente tiempo para disfrutar muchas de sus floraciones. Llenaba mi casa de su olor y la vecina se quejaba y me pedía que lo cortara, no soportaba su dulzura.

Al mudarme a Margarita me traje unos hijos de aquella mata inmigrante y los sembramos en nuestra casa de tierra, sobrevivió una sola que ahora ya sobrepasa los dos metros de altura.

Este árbol extranjero, me hace reflexionar sobre los movimientos. Estoy a punto de moverme de Margarita hacia el norte y he tenido un montón de dudas y angustias desde que tomamos la decisión. Dejar la casa que hemos construido con tantos sueños e ilusiones, moverse de la cultura propia hacia otra con otro idioma, dejar a los amigos y gente querida. Entonces recuerdo algo que yo misma digo con cierta frecuencia, soy una persona, no un árbol, tengo piernas, no raíces, por lo que caminar es lo mas natural del mundo.

Siempre hay excepciones a todo, allí está mi Ylang-ylang, un árbol viajero que va echando raíces de generación en generación en distintos sitios. Y así es mi familia, viajera, migrante, un poco de aquí y un poco de allá y echamos raíces, pero sabemos recogerlas y viajar. Al mejor estilo del Ylang-ylang.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

umbral


Se acaba este año con cierto sabor a despedida. Sentada en mi casa de barro, pienso en lo inútil que ha venido resultando luchar contra la entropía en esta isla. Llueve y mi casa quiere ser río. Llueve y en las paredes retoñan las semillas atrapadas, como queriendo señalar el verdadero origen de su sustrato. Llueve y nos sumergimos en el agua real y la imaginaria, esa que enlentece el tiempo y nos imprime miradas asombradas. Llueve y el sueño bonito que construimos se desgaja y volvemos al mundo mojados, desnudos y teniendo que volver a empezar pero lejos, mas lejos. No es que la casa se caiga, ella sigue aquí, bella, orgulloso castillo de barro y amor. Los desterrados somos nosotros.

La vida a veces me cansa. Supongo que es infantil mirar el futuro como si guardara algo para mí. Ya no levanto la mirada. No espero, no añoro, no me ilusiono. Solo vivo, respiro, miro la lluvia, renuncio al sueño, aborto una vida posible. El año se acaba y esto se termina. Pinto mi puerta de azul y hago conciencia de que estamos en el umbral, de salida. Lloro.

lunes, 1 de noviembre de 2010

palabras




Aún teniendo palabras
agolpadas alocadas
detrás de la lengua
decido callar

hace falta mucho silencio
para acallar tanta palabrería fútil
tanto ruido inútil
tanto atronar sin sentido

aún teniendo palabras
y manos
y boca
y conciencia
solo miro
callo

para que no se vea
para no cargar el ruido ajeno con mi queja
para no sumarme al lamento colectivo
para trabajar hacia adentro
que es donde hace falta

aun teniendo palabras
me dedico solo a lo pequeño
a la yema de la planta que crece
a los pollos de mi jardín
a las lagartijas limpiadoras
a las manos de mi amor cuando me ama
a los ojos de mi hija ensimismada
a navegar mi pequeño mar interior
a mirar su horizonte inquieto
que anuncia tormentas

aun teniendo palabras
alocadas agolpadas
detrás de mi lengua

callo.

miércoles, 19 de mayo de 2010

La calle


La calle en que vivo
mas que una calle
es una herida de tierra
que el agua y los bachacos
se empeñan en mantener abierta en lo verde

mas que una calle
es una colección indescifrable
de polvo y piedras
de perros sin amo
y con sarna
de niños que visten sus mejores pieles
y van a la escuela
de la vida

de chismes que se sientan en la acera
a tejer sus historias reales
e inventadas pero siempre de otros
para matar el tedio
la pobreza

En la calle en que vivo
hay putas que donan su trabajo
policías que roban por las noches
albañiles que esperan y esperan
familias que viven exclusivamente
de los números que compran los viernes
maestras que venden bambinos
fiscales de tránsito peatones
niños sin padre
madres que son niñas
madres muchas madres
pero muchos mas niños

En la calle en que vivo
muy cerca de mi casa
hay un club social y deportivo
donde el único deporte que se practica
es el de empinar el codo
y alguno que otro botellazo
sillazo
puñalada grito y trancazo
dado deportivamente

las mujeres se pelean con las uñas
los hombres a tiros
los niños gritan
los perros ladran
la policía toma cerveza
y el vallenato inclemente sigue sonando
sonando sonando

La calle en que vivo
se parece a cualquiera
no falta el saludo la sonrisa
el juego de chapita
el papagayo volando
los mangos y aguacates robados
la arepa pasada por encima de la cerca
los sancochos comunitarios

La calle en que vivo
mas que una calle
es una ristra de gente sencilla
estupefacta
que ve pasar la vida
sentada en la acera
esperando que la cosa mejore

en esta calle de tierra piedra y perros
como cualquier otra.



Agua Viva, Julio 2003

martes, 1 de diciembre de 2009

Amor on/off


El amor, en mi opinión, es una función binaria. Lo es todo o no es nada. Me cuesta mucho pensar en un gradiente de amor. Mayor que, menor que, en términos matemáticos o peor aún: porcentajes (te amo al 30%). Pero hay que reconocer que el tema es complicado, complejo al menos. Soy de la escuela de la fierecilla domada de Shakespeare (no por la obediencia ciega, sino por la confianza): yo lo amo tanto que si me pidiera que pasara la lengua por el suelo, lo haría sin dudar, por otro lado puedo vivir tranquila, pues yo se (estoy segura) de que me ama tanto, que no me lo pediría (a menos de que fuera cuestión de vida o muerte, en cuyo caso lo haría sin titubeos y vuelta al comienzo).
En estos días me ha tocado lidiar con los bordes filosos de amor y todos tienen que ver con esa doble vía: dar y recibir (y el fantasma que la persigue: las expectativas). Es un frágil equilibrio en el que me desbarranco con facilidad. Afortunadamente para mi, no me ocurre en la pareja, sino en la amistad.
Sufro de empatía, y en mi caso es una especie de compulsión que debería controlar, pues me quito con excesiva facilidad mis propios zapatos para ponerme los ajenos aunque me queden grandes (o peor aún, pequeños). Doy con mucho más facilidad que recibo. Mi terapeuta me dice que debo medir lo que doy, pues soy una desmedida y corro el riesgo de quedarme vacía. Podría pensarse que no recibo con naturalidad porque les tengo pavor a las deudas afectivas, pero no es así. A lo que verdaderamente temo es a la desilusión, si el que da cree que crea una deuda al darme, ya me desilusiono, pues yo no funciono así, la manipulación me da flojera. También podría explicar que mi mamá me repitió infinitas veces cuando era chiquita que soy la persona más egoísta del mundo, pero es tonto pasarse la vida tratando de probarle a tu madre que está equivocada. Por lo pronto voy sacando mis propias conclusiones: no pido nada que no esté dispuesta a dar…esa la tengo fácil, pues dar es lo que me es natural. Pedir sólo lo que uno sabe que el otro puede dar es sensato y considerado. Me parece que debo empezar a dar sólo lo que estoy dispuesta a pedir…ya la cosa se pone mezquina y empiezo a arrugar la nariz. Pero ya me enredé. Si para dar hay que sacar tantas cuentas, medir, planificar y calcular, boto tierrita y no juego más. Las matemáticas me apasionan pero en el plano estrictamente abstracto. Mejor aún: sigo jugando y me sacudo el polvero cuando me desbarranque por ahí.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Controlando




5:45 am. Me levanto con cierta flojera pues se que desde hace tres días no hay café en la casa. El síndrome de abstinencia me golpea mientras preparo un pobre sustituto: té verde (que me encanta en si mismo no como sustituto del café). Le llevo una taza humeante a Tadeo a la cama y cuando lo despierto, nota inmediatamente (de manera olfativa pues no abre del todo los ojos) que no le traje café sino té y lanza un quejido adolorido….otra mañana sin café.

Definitivamente el café es una droga a la que soy adicta, además del chocolate. Y por fin se lo que es “controlar”. Mi hija me mira con asombro cuando me paro en cada bodega y pregunto esperanzada: ¿hay café? En todas me miran con sorna.

He comprado los sustitutos químicos infames, que quisieran en alguna vida pasada haber sido café. He pagado hasta 631% su valor, como quien compra una sustancia ilegal. Los amigos nos llamamos por teléfono…¿conseguiste? ¿me mandas un poquito?. He desarrollado un olfato especial para seguir rastros de café recién colado. Practico la paciencia infinita sin pensar en pasado mañana, 100 gramos a la vez, la tasa a la que “controlo” café en una panadería, cuando la dueña se siente benevolente.

Dicen que la gente se acostumbra a todo. Es un pobre consuelo cuando el mundo se me pone chiquito y me muevo cada vez más liviana pero con creciente dificultad.
¿será la falta de café la gota que derrame la taza?...por ahora no…creo. Sigo en control.

jueves, 25 de junio de 2009

Sin esperanzas




Imagino que ya se habrán dado cuenta de que estoy deprimida. No me voy a poner aquí a detallar las razones (y menos aún las sinrazones) por las cuales lo estoy sino más bien describir algunos descubrimientos en este proceso. Estar deprimida me ha obligado a mirarme con lupa, y las lupas no son generosas con lo que muestran. De hecho hasta deforman un poco la “realidad”.
Mi tristeza me genera un monólogo interno constante que llega a ser fastidioso. Es como tener a una quejica llorona y miedosa metida adentro y no poder exorcizarla. La depresión se parece a un claustro monástico. Solo que Dios no existe o me ha abandonado, que al final es lo mismo. La depresión es atravesar el infierno, como ya lo dije antes. Y lo peor de todo es que la depresión genera culpa. En uno mismo y en los que nos rodean, cosa que no ayuda, por supuesto.
Lo bueno de haber tocado fondo y el fondo que yo he tocado es como de limo y no parece tener a su vez fondo sólido (me recuerda el fondo de una laguna en la que me bañé en alguna vida en el Delta del Orinoco), es que tuve que pedir ayuda. Y pedir ayuda me ha salvado. Ese instante de agarrar el teléfono, (al darme cuenta de que tengo semanas que no salgo, que no quiero ver a nadie y que miro la pantalla de la computadora como si me fuera a dar una respuesta), y llamar a mi amiga del alma y llorarle, moquearle y contarle lo que me pasa, me salva de la más pavorosa de las sensaciones de la depresión: la soledad. En ese acto que denota (diría Bryce Echenique) unas enormes ganas de vivir, conjura de golpe toda la soledad y la convierte en puente. Se rompe el pudor, que es el escudo de los deprimidos, y lo que sale es dolor puro. Y el diagnóstico, claro, ni lo necesito. Estoy deprimida. Mi amiga desde el otro lado del teléfono, me sirve de terapeuta, aunque es mucho más que eso. Es como mi hermana, esa que escogí en la vida. Un ser a quien me une un amor grandote y viejo. Hemos vivido muchas cosas juntas, incluso de lejos, pero siempre juntas.
Ahora, a pesar de Platón, mis mañanas tienen un color rosado intenso y comprimido. Que me perdone Marinoff. Que me disculpen la religión y todos los libros de autoayuda sobre el planeta. Me estoy reconciliando con el rosado, yo que siempre lo detesté por ser el resumen de un cliché.
Hay algo de entrega en mis mañanas de rosa. Mucho de humildad. Recupero poco a poco lo perdido. La sonrisa, el agua del mar en mi piel, el beso de mi amor, el sabor del chocolate, la risa de mis hijos, la luz de la mañana. El placer de lo cotidiano, la belleza de los tomates y hay como una iluminación. De pronto comprendo todo y sonrío. El mundo se convierte en oráculo y todo tiene sentido. Los libros me hablan o resuenan sus ecos dentro de mí y me señalan, sabios, mis heridas de mentira. Comprendo que vivir como loca esperanzada es mi perdición.
Vivir con esperanza me ha forzado a vivir en el futuro. El futuro es inasible, nunca llega. Siempre está más allá y la esperanza me ha mantenido andando en pos de él. ¡Que cansancio, carajo! El ahora se pierde en esa persecución y en la noche el vacío es enorme. Me da un poco de risa…el prozac me ha brindado la oportunidad de vivir el estado budista del eterno presente. Pegada en el instante que corre tengo la oportunidad de disfrutar. El tiempo pasa mas lento así. Por eso estoy practicando vivir sin esperanzas. Creo que ya no la necesito….eso espero…

viernes, 22 de mayo de 2009

Cara B



La tecnología tiene sus cosas buenas, pero también acarrea ciertas pérdidas. Los CD tienen un solo lado y extraño un poco el lado B (y otra vez Drexler me da la razón) de los discos de 45. Uno compraba esos discos porque determinada canción le gustaba y en vez de comprar un LP, de manera más expedita escogía la canción que quería escuchar. Pero resulta que esos disquitos negros, como de comiquita, tenían una cara B. De ese lado, inevitablemente unido a la A, había otra canción, de la cual nunca había escuchado ni el nombre. Casi siempre esa me gustaba más que la que había elegido inicialmente. Así, una estrategia de venta de las disqueras de rarezas musicales y rellenos poco probables me develó una cuestión filosófica. Del otro lado de la Cara A siempre hay una B y siempre es improbable, poco popular, rara, emocionante, misteriosa. Descubrí la otra cara de la vida, esa que me permite ser y que me ofrece una alternativa a lo que mastica la mayoría ciegamente. Así que prefiero vivir del lado B de la vida, aunque ya no existan los discos de vinil.

martes, 21 de abril de 2009

El amor y los tomates




Todos los días, al finalizar su jornada de construcción, Tadeo trae a casa una bolsa de hielo (o un vaso plástico) lleno de tomaticos silvestres. Este pequeño gesto cotidiano despierta en mí una avalancha de emociones, que parecen desproporcionadas si se miran objetivamente. Afortunadamente no siento la obligación de ser objetiva.
Los tomates son bellos y agradezco a Drexler su oda, pues refuerza esto que escribo. Estos en particular son pequeños munditos perfectos, rojos y pulidos cuyo resto de cordón umbilical verde despelucado resulta un toque de locura. Preñados de semillitas, estallan, no se cortan al contacto con el cuchillo, soltando una dulzura que sólo un tomate que crece por su cuenta y en perfecto desorden puede tener. Resulta asombroso el hecho de que estos tomaticos son mas grandes por dentro que por fuera.
Todos los días les hago fiesta a los tomates, los cocino en pericos y en Ratatouille, los pongo en ensaladas y en sándwiches, pero lo que más disfruto es el ritual de recibirlos, ponerlos en el colador metálico, sonreírles, lavarlos, quitarles su peluca verde y ponerlos en un bowl azul añil, que los hace ver simplemente hermosos. Y claro, en el proceso me como algunos y comer un tomate que crece en el terreno donde se construye nuestro hogar es la cosa más coherente y sencilla que he hecho en los últimos tiempos. Hincarle el diente a un tomate que la persona que amo y me ama recoge todos los días para llevarla a casa, desata placeres insospechados. Estalla dentro de mí una alegría redonda y perfecta, como el amor, como los tomates

martes, 7 de abril de 2009

atravesando el infierno




Atravesar el infierno con los ojos abiertos es como estar caminando en el ojo de un huracán, o por lo menos así lo imagino. Hay cierta calma allí. Todo vuela y se despedaza alrededor, se sabe que hay mucho ruido. Pero caminando allí, nada de eso importa. No sirven los aspavientos ni las angustias. Nada de eso es relevante. Hay un silencio falso, una quietud peligrosa y sobre todo mucha, mucha soledad.


La soledad de este viaje es abrumadora, pero absolutamente necesaria. No hay compañía posible en este infierno, porque está dentro de mi. En ese sentido difiero de Sartre. Y el viaje de la vida, el único viaje real que es el de viajar al centro de uno mismo, es un viaje solitario.

Lo bueno de atravesar el infierno con los ojos abiertos, es que los monstruos imaginarios (todos sabemos que esos son los peores) no aparecen. No es que los reales (si es que algo asi existe realmente) sean risibles, pero si los miras no hay sorpresas, no te toman por asalto.

La única protección posible en ese infierno es la humildad. No sirve la fuerza de voluntad, no sirve el combate, no sirve la razón. Después de todo, nada es importante a la luz de la propia mortalidad. A las puertas de la muerte (y de su otra cara, la vida) no hay certezas, no hay verdades no hay temores que valgan. Todo queda anulado en un momento binario: on/off. Así que este infierno, no es más que un tránsito que también pasará y del otro lado de la locura quizás se encuentre, quizás la cordura.

En este momento mi abuela agoniza ya al final de su vida del otro lado del mar, mi recién nacida sobrina recibe rayos UV con unos lentes coquetos que ella se empeña en quitarse en Cincinnati, mi hija peina colas de caballos en una granja de Macanao, mi esposo coloca amorosamente piedras en lo que será nuestro hogar, mi hijo patina skate en un lugar de Margarita que quiere parecer urbano, mi casera recoge piedras de su jardín y las bota en la basurera en un vano y desesperado intento de controlar el caos, yo tejo pedazos de oro, de plata sentada ante una Iglesia de quinientos años. ¿Qué sentido tiene todo esto? El único que yo le encuentro es que es bello. Gracias a la belleza ningún infierno es suficiente, ninguna muerte es definitiva, ningún instante es irrelevante. Gracias a la belleza, el ojo del huracán es una manifestación majestuosa y no solo infierno y caos.

martes, 24 de marzo de 2009

Hay días -épocas enteras-



Hay días en que soy extranjera en mi vida
en que el tiempo simplemente pasa
sin huellas
sin olor

hay días en que lo importante es improbable
lo urgente atropella sin pausa

hay días que el agua que corre por mi cuerpo
me duele
las ventanas de mirar hacia fuera
están ciegas
el silencio constante
me grita en el oído
en el que ser
es impreciso
inoportuno

hay días en que respirar es difícil
en que la sal me molesta en los ojos
en que mil kilómetros son infinitos
en que el mar es un abismo
sin fondo
un hoyo en el universo

hay días
en que sencillamente
quiero salir de mi cuerpo
dejar ese cascarón molesto
cerrar la puerta detrás de mi

y adiós.

viernes, 20 de marzo de 2009

historia de amor


él aceituna
ella mantequilla

ella fluida
él nervioso

él abraza
ella se refugia

él pregunta
ella sonríe

él acaricia
ella se derrite

ella lo mira
él la mira

él besa
ella se enciende

él penetra
ella envuelve

él se estremece
ella gime

ella canta
él danza

ella se conmueve
él se asombra

él promete
ella cree

ella observa
él duerme

él respira
ella suspira

ella adivina
él sueña

él duerme
ella se acurruca.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Desnuda descreída derrotada: cavilaciones de fin de año


Esa idea que nos venden de que la vida es una escalera es falsa (tremendo descubrimiento ¿no?). Esa idea sugiere que cada paso que se da es en ascenso y que el siguiente siempre está por encima del anterior. La vida es errática, impredecible, medio loca.

Tengo 41 años. Estoy en la mitad de la vida y me siento como una recién nacida en algunos sentidos. Todas mis convicciones se han puesto a prueba, una a una han ido cayendo hasta dejarme desnuda, descreída. No tengo nada. Ni siquiera el trabajo que he venido desarrollando los últimos 15 años. Mis manos, siempre ocupadas, no encuentran que hacer, en eso consiste mi derrota.

Algunas amigas me dicen que vivir en Margarita es una especie de acelerador del Karma. No se…, me cuesta creer en el Karma, me cuesta creer y punto. Si el Karma existe, no hay necesidad de que crea en él. Como dice Didáctilos, el loco filósofo de Efebia, solo es necesario creer en lo que no existe. El asunto es que esta especie de viaje de Inanna o de Perséfone al inframundo de la economía insular, me ha obligado a despojarme de todo aquello que yo creía necesario. Y me veo ahora…sigo viva, ergo…nada de eso es necesario. No estoy cómoda, eso sí que no. Estoy completamente desnuda. Mi piel se ha endurecido un poco y claro no me duele tanto pero también siento menos placer.

Tengo algunas cosas y son importantes. Tengo amor. Tengo el amor de mis hijos, que me acompañan en todas mis locuras y hasta me las celebran, solidarios. Tengo el amor de mi amor, que es el más grande de todos y con él me arropo ahora que estoy desnuda y tengo frío. Mi familia me apoya en la distancia y a pesar de ella, yo los siento como si estuvieran aquí conmigo. Tengo amigos, aunque algunos de ellos prefieren mirar a otra parte incómodos, pero otros me tienden la mano generosos. Supongo que en estos momentos uno sabe quien es en realidad cada una de las personas que te rodean. La otra cara de la moneda bonchona de Margarita.

Debería estar además de desnuda, descreída y derrotada, desesperada, pero no lo estoy. Es extraño, hay algo tranquilizador en despojarse de tantas cosas. Lo más importante que se siente es ligereza. Queda lo importante, del resto puedo prescindir. Será que soy una optimista patológica, será que en el fondo sí tengo fe. Por lo menos en que si uno persiste en hacer lo que quiere, termina por salirle bien. Será que me gustan los retos y de vez en cuando me pongo en una situación difícil por el gusto de enfrentarlo.
En cualquier caso me toca renacer, rehacer, reintentar. Finalmente yo no soy lo que hago, ni lo que tengo.


Soy…simplemente.

lunes, 10 de noviembre de 2008

SPM

Rozo la locura cada mes como si fuera la primera vez. La conciencia no me alcanza para arropar tanta animalidad. Me deslizo imperceptiblemente por un costado de la vida hasta encontrarme en un sitio que conozco muy bien y a la vez siempre me es extraño. Me siento ajena y separada del mundo. Los problemas más insignificantes los miro con lupa y se convierten en monstruos de mil cabezas que me impiden dormir acosándome en el borde de los sueños. El mundo está lejos…allá en el fondo de un telescopio invertido, chiquitico y ruidoso. El tiempo se deforma y me desplazo con lentitud a pesar de que el cerebro piensa con rapidez y me apura. Me pongo impaciente y malhumorada. Creo que nadie me quiere…como hacerlo si soy un bicho kafkiano, incómoda, con patas de más y un caparazón que parece que no sintiera nada pero que todo lo hiere. En pocas palabras estoy loca.
Lo mas pavoroso de ésta locura es que está disfrazada de normalidad. Es natural, dicen, que las mujeres “suframos” este síndrome. Con razón muchas veces el ser femenino ha estado asociado a la locura, las mujeres son histéricas. Alguna dolencia misteriosa asociada al útero. Y yo todos los meses creo que algo grave pasa, que mi vida es un caos por una fracción de tiempo, que no se donde pongo las llaves, los lentes, la cartera y mi propio desorden me aprisiona. Que no puedo ser merecedora del bellísimo amor que mi marido tiene para mí, pues soy una loca insomne y despelucada indigna de cualquier cosa. Mis hijos me sobran y pido silencio.
Quizás lo que no es normal es que tenga que llevar una vida normal en esos días. Que tenga que manejar, trabajar, cocinar y hacer todo lo que la gente menos loca hace. Por eso pido taima, pero bajito, no vaya a ser que me oigan y luego me digan floja. Por eso pido una tregua, pero con mucha vergüenza porque ocurre con mucha frecuencia..
A esto le sigue la sangre y el dolor. Los prefiero a la locura. A veces me da risa, cuando descubro que es solo el Síndrome Pre-Menstrual el que me ha estado molestando. A veces me da tristeza no darme cuenta a tiempo antes de sentirme como un licántropo incomprendido. En cualquier caso respiro aliviada y comienzo otro ciclo, así es la vida.

viernes, 7 de noviembre de 2008

silencio







Hoy necesito silencio
que se callen los tambores de la plaza
los vidrios rotos
las alarmas

que desaparezcan el asfalto y la gasolina
los bolívares fuertes y las transacciones

Necesito que callen todos
los gritos en la mañana
el ruido infernal de la cotidianidad

la perra que le ladra a la noche
el gato afónico
el hidroneumático mugiente

Necesito una tregua
un respiro
un aliento
un chocolate
una siesta
un té
un abrazo

Solo por hoy necesito silencio

quiero sólo oírme

el ritmo inquieto de mi pecho
el murmullo malhumorado de mis tripas

Solo por hoy

Mañana será otro día de ruido

jueves, 9 de octubre de 2008

Mañana



Son las 6 y 45 minutos de la mañana. La cafetera gorgotea su líquido marrón y el aroma se esparce por la casa. Mi momento favorito del día comienza y me entrego a él con lentitud. El café huele mejor de lo que sabe, dicen algunos, pero yo me deleito con cada una de sus facetas. El aroma primero del café seco cuando lo coloco generosamente en el vientre de la cafetera, apretándolo con suavidad. Luego el misterioso cuando cuela, que alcanza todos los rincones de la casa. Mas tarde en la taza, negro, humeante, con papelón, mi manera favorita de tomar café. Con la taza tibia en mi mano doy pequeños sorbos, está caliente. Observo la hermosa montaña que se despliega frente a la ventana de nuestra cocina. Todas las mañanas se pinta diferente. Algunas es dorada, límpida. Otras se tiñe de rosado y algunos penachos de nubes como plumas le acarician la corona. El verde, cuando es época de lluvia, y sus infinitos tonos. Los copeyes brillan como si escondieran plata. El gris seco, cuando la lluvia nos elude. El amarillo instantáneo y fugaz cuando los guamachitos florean.

El aire esta fresco, aún el calor no aprieta.

El silencio. Ese espacio sin ruido indispensable para mí. Nadie me llama, nadie me requiere, soy mía y de la mañana. Solo el gato se acaricia con mis pies y pretende montarse en mis hombros como un loro o un abrigo de visón ronrroneador. No me molesta, me conmueven sus demostraciones silenciosas de cariño.

Las siete. Se acaba mi pequeño interludio de quietud. Despierto a los niños y comienza mi proceso de dilución, de derramamiento hacia los otros. El silencio se rompe, un poco dolorosamente. Un portazo, el agua del lavamanos, la poceta. Los buenos días de mis niños restregándose los ojos con sueño.
Empieza el día.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Gringo pagado


En todas partes soy extranjera. Claro, mis orígenes contribuyen a este hecho. Y cuando la gente me pregunta de donde soy…suspiro y echo un cuento largo. Nací en Ithaca (a donde míticamente debo volver), NY, pero solo por casualidad. Mi papá trabajaba en Cornell University (y mi mamá lo acompañaba) cuando yo vine al mundo y por eso tengo un pasaporte azul que dice que yo soy U.S. Citizen. Pero no me salvo de los maltratos en la embajada norteamericana por ello, soy “citizen “de segunda categoría. O sea, no soy gringa pues, o lo soy pero no tanto.

Mi papá es tan venezolano como cualquiera cuya familia tenga más de 300 años en Venezuela o algo así. Venezolano endogámico, de esos que se casaron entre ellos hasta que casi hizo aparición el rabo de cochino de los Herrera. Caraqueño de pura cepa con algo de Valenciano pues mi abuela es de por allá. Así que soy venezolana también y así lo dice mi segundo pasaporte.

Mi mamá es de otro cuento: nacida en Estocolmo, contribuye en un 50% a la confusión genética y fenotípica que hace que yo no sea de ninguna parte y de todas a la vez. Tener una mamá sueca es como tener una mamá elfo, una especie de ser mítico, claro y muy muy extranjero, que además causa ciertas sonrisitas explícitas a causa de las famosísimas porno suecas.

Mi papá muerto de la risa, cuando aún consideraba la “extranjería” de mi mamá atractiva, solía decir que a los hermanitos Herrera-Nälsén se nos reconocía facilito en donde sea. En Venezuela porque éramos mas catiritos y suequitos que el promedio y en Suecia (donde vivimos un año) porque éramos los morenazos latinos de la cuadra. Todo es cuestión de punto de vista.

También recuerdo al respecto lo curioso que me parecía que en Mapire (un pueblito que según Julio Verne, está graciosamente inclinado sobre el Orinoco, en el Estado Anzoátegui) cualquiera que viniera de más lejos que Pariaguán, era gringo. Sin importar el color del pelo, ni de la piel, ni el acento inconfundiblemente venezolano (pero definitivamente no mapireño). Todos éramos gringos, sin importar que viajáramos el curiaras, cagáramos en letrinas, viviéramos en casa de bahareque y techo de moriche y comiéramos rayao frito como el que más. Eso solo nos hacía raros, pero gringos.

Mi hermana, que dicen que se parece a mí, también vivió una situación particular al respecto en la propia New York. Daba clases en el Bronx en una escuela “afroamericana”. Los gringuitos afroamericanos le tenían la vida hecha de cuadritos por ser gringa blanquiñosa (ella estaba ilegal en EEUU y sí, es muy blanquita y catirita). Ella no sabía que hacer y se desesperaba. Hasta que un día se arrechó y les echó una perorata en perfecto venezolano mandándolos todos al carajo. La cosa cambió inmediatamente, ella pasó a ser de otra minoría oprimida en EEUU, a ojos de los niños del Bronx , y la toleraban un poco más, pero no del todo pues seguía siendo demasiado blanca para ser latina.

Todo este cuento viene porque ahora vivo en La Asunción. Una pequeña ciudad (solo porque tiene título Real de ciudad, no porque lo sea realmente) bellísima y colonial que es la capital de la Isla de Margarita. En donde definitivamente todo el mundo es extranjero. Y claro, en Margarita hay muchísimos extranjeros. Hay franceses, italianos, chinos, suecos, holandeses, norteamericanos, canadienses, etc. buscando fortuna y sol. A los margariteños de pura cepa no les gusta mucho eso de que vengan de fuera a estropearles la isla y yo en parte les concedo la razón. Lo que sí les gusta, son sus dólares, pero ese es otro cuento.

En Margarita, los margariteños llaman “navegaos” a los venezolanos no margariteños que habitamos Margarita. Parece complicado pero no lo es. Finalmente todos nos acostumbramos a ser la espina en el zapato (más bien chancleta pues nadie en su sano juicio usa zapatos en Margarita) de los margariteños y ellos nos toleran con cierta intolerancia. El asunto es que La Asunción es particular al respecto. En la Asunción es más extremo el tema y todo el que no es de La Asunción es extranjero. Yo no había caído en cuenta de ello hasta que mandé a la lavar ropa a la lavandería UPA K´CHETE a una cuadra de la Plaza Bolívar. Conociendo las idiosincrasias locales (y las de todo el mundo) un poco, le pedí a mi venezolanísimo esposo Luis Guillermo (cuya madre es asuntina, por cierto) que llevara la carga de ropa sucia él, pues mi pelo y mi aspecto levantan inmediatas sospechas y me tratan como a una turista. Es decir, me cobran en dólares.

Él lleva la ropa, lo atienden amablemente, le dicen que la ropa va a tardar tres días en ser lavada. Cosas de los ritmos de la isla y lo espasmódico que es el servicio de agua. El miércoles siguiente buscamos la ropa, y nos horrorizamos por lo que nos cobraron (cosas de los inflación desquiciada que estamos viviendo, suponemos). En casa ya, cuando estoy sacando la ropa de las bolsas plásticas, veo unas etiquetitas pegadas a ellas. No puedo menos que arrancar a reír.
GRINGO
PAGADO
dicen en perfecto asuntino. Aquí no se salva nadie. Somos todos gringos.

lunes, 18 de agosto de 2008




viernes, 15 de agosto de 2008

Selección natural

Tuve un primer impulso de ayudarla. Los trece pisos y el hecho de que eran muchos detrás de ella, me disuadieron. No había nada que hacer, solo observar como la perseguían. No dejaba, sin embargo, de inquietarme. Una parte de mi se solidarizaba con ella, sola y perseguida, y otra decía que era lo natural. Ella volteaba de vez en cuando y miraba asustada a sus perseguidores. Eran como ocho, no podía contarlos con precisión, pues se movían mucho y además se sumaban y restaban orgánicamente como si funcionaran en masa.

Podía percibir su angustia. Sus gestos denotaban miedo. Todo pasó tan lento y a la vez tan rápido que mas me tardo en contarlo que los hechos en sucederse realmente, pero me dio tiempo de percibir detalles. Como si estuviera allí. Como si fuera ella. Como si fuera ellos.

La perseguían y ella hacía lo posible por no dejarse atrapar. Casi podía escuchar sus respiraciones agitadas. Ver los ojos inyectados en sangre. Olfatear las hormonas fluyendo enloquecidas, moviendo músculos, promoviendo la persecución. Un solo objetivo. Una sola presa. Ella corría.

Fue derecho hacia la gran avenida. Parecía una huida desesperada, pero al observarla cruzar, me di cuenta de que no era así. Se escurría entre el tránsito veloz con la habilidad de un experto. Era su medio natural. Ningún carro la tocó. No hubo movimientos forzados, ni titubeos. Cruzó fluidamente en diagonal, mirando solo hacia delante. Obstinada.

Los que venían atrás no vieron el peligro. Sólo la olían, la miraban a ella, que se les escapaba hábilmente. Arremetieron contra el asfalto sin mirar, con consecuencias nefastas. Dos fueron atropellados sin misericordia. Los carros no se pararon a ver que había pasado. Los demás llegaron al otro lado brincando, cada vez más enloquecidos.

Ella volvió a cruzar. Otra vez en diagonal. Y se repitió la escena de igual modo. Ella incólume, calculando cada movimiento y ellos desenfrenados con el sexo como único objetivo. Así fueron cayendo, dos más. Luego tres. En cada cruce en diagonal, ella se deshacía de unos cuantos. Un zig-zag mortífero para ellos, de alivio para ella.

Finalmente quedaron solo tres. De pronto ella paró la carrera y los enfrentó, quizás estaba cansada ya. Los midió por unos segundos. Ellos se abalanzaron sobre ella. Se peleaban entre sí, mordiéndose las patas. Desaparecieron de mi vista luego de un rato de tumulto desordenado y violento. Supongo que ella elegiría a alguno para aparearse, pero no vi a cual.

jueves, 31 de julio de 2008


30 agosto al 14 de septiembre

Estoy requetecontenta y mucho mas orgullosa de invitarlos a participar de este bellísimo festival que estamos organizando un gentío en La Asunción, la capital de nuestra isla.

El festival comienza el 30 de agosto con la inauguración de la exposición: En escala de isla, que organizamos D'Abolengo y Guarura. Son mas de treinta artistas lugareños y navegaos, que tienen por reto el trabajo en pequeño formato. Así, exhibiremos fotografías, acuarelas, pinturas, ensamblajes, escultura, vitrofusión, y un largo etcétera de cosas entre las dos galerías.

La inauguración del Restaurant Casa Café, sirve de marco para abrir todos los espacios del Centro Comercial El Güire, en donde la música, el cine, las actividades con niños se desarrollarán desparramándose por toda La Asunción.

Estare informando del cronograma de actividades y demás detalles. Pero lo que es cierto es que ¡no se lo pueden perder!

martes, 17 de junio de 2008

Renuncia

Me llegó el tiempo
de dimitir
de renunciar

entrego mis resistencias
mis miedos
renuncio a mi coraza
y mi espada

prescindo de mis máscaras
y disfraces
renuncio al verbo metralla
y a la trinchera
entrego mis heridas de batalla
la sangre derramada
y la sal de mis ojos
la que no te pertenece


me deshago de todos los vestidos
que protegen mis secretos
y me quedo desnuda
vestida solo con mi piel
tus manos y tu lengua

y me entrego

íntegra como si estuviera nueva
completa como si fuera antigua
renunciando a lo que fui
abrazando lo que seré.

viernes, 13 de junio de 2008

Publicación de poemario









Anoche hicieron en la Librería del Sur de Playa el Angel, la presentación de varios libros publicados por El Perro y la Rana de autores margariteño y "navegaos". Entre esos libros estuvo el mío. Estuvieron los amigos acompañándonos y brindando. Fue emocionante y bonito. Gracias a los que estuvieron y a los que no pero que de algún modo si.

viernes, 7 de marzo de 2008



Sospecho que pronto moriré. Todos vivimos, lo sé, bajo la certeza de la mortalidad y la gente utiliza todo tipo de estrategias para que cada respiración no cause la angustia del final que acecha. Lo que me pasa a mi es un poco distinto, o quizás sea igual para todo el mundo, no me atrevo a preguntar por ahí. Tengo la certeza de que muy pronto voy a morir y seguramente de forma violenta o por lo menos pintoresca. Todas mis vidas anteriores a ésta han sido cortadas por el mismo patrón. Y si, las recuerdo dolorosamente, por extraño que parezca. He vivido cientos de vidas y muy variopintas. He sido monje italiano y morí envenenado por un compañero de claustro. Fui cortesana francesa y me asesinó una mujer celosa. También aviador, extrañamente perdí la vida de manera tonta en la bañera de mi casa. Fui sirviente de un conde inglés y sufrí una horrible indigestión que me llevó a la tumba. Una vez fui pirata y morí de una enfermedad vergonzosa. He sufrido todos los males y pestes de la humanidad. He muerto de hambre, de frío, quemada en la hoguera, comida por animales salvajes, en accidentes de tránsito, accidentes domésticos, asesinatos, incendios, inundaciones, terremotos, tempestades, en manos de extraterrestres, de lunáticos antisociales norteamericanos y cuanta calamidad se le ocurra a la imaginación. Hasta he muerto latinoamericanamente de amor en más de una ocasión. Recuerdo cada una de mis vidas y particularmente recuerdo cada una de mis muertes. He practicado todas las religiones y cultos que los humanos hemos inventado a lo largo y ancho de la historia y la geografía. De hecho hasta creé alguna yo misma en alguna de mis vidas. He estudiado todas las filosofías. No me ayudó el estoicismo, ni el eclecticismo, ni el existencialismo, ni el materialismo, ni el New Age. Ni siquiera me ayudó la física cuántica. Nada de eso me ha servido de algo. Vuelvo a vivir y a morir con perfecta conciencia de todo, sin remedio y sin esperanza.

En esta vida soy cocinera en un famoso restaurante en una famosa isla del Caribe y para burlar mi destino en esta vida he decidido ser budista, iluminarme y evitar el interminable ciclo de reencarnaciones que solo traen sufrimientos y muerte. Alcanzar al nirvana de la no-existencia iluminada evita todos los sufrimientos, la idea distinta a la de la vida eterna en el cielo de los judeo-cristianos, quienes sugieren que sufriendo se llega al cielo. No entiendo como no se me ocurrió antes, pero no se si funcione. Ha sido difícil, pues lo he tenido que hacer en secreto. Nadie debe saber que hago 600 postraciones diarias, ni que repito mantras como lunática hablando sola, ni que cargo una mala amarrada a la muñeca. Casi siempre lo hago de noche, o cuando todos comen o duermen la siesta o hacen el amor. No me atrevo a ir al Tibet y hacer un curso intensivo, porque resultaría obvio. Estoy determinada a no volver a vivir. Es como cometer suicidio cósmico. Estoy determinada a burlar el destino.

El destino, más precisamente mi destino, está escrito. Todas mis vidas anteriores fueron escritas y ésta que estás leyendo, también, como es obvio. Mi destino lo escribe alguien que evidentemente no respeta mi derecho al Libre Albedrío y se divierte decidiendo en que situación ridícula me va a colocar en una determinada vida. No me puedo esconder. He hecho viajes increíbles escapando de mi destino, y solo se incorporan a la trama de mi vericuética vida, la de ese momento, haciéndola, para colmo más interesante y rica en giros imaginativos. Me he suicidado, y lo único que he logrado es facilitar el trabajo y añadirle dramatismo al asunto. He hecho cosas reñidas con las buenas costumbres y con la ética, he matado, he robado, mentido, gritado y pataleado, creyendo que con eso burlaba el curso de mi historia, para descubrir tristemente que ese camino que yo creía estar escogiendo, me llevaba a mi propio final. El final escrito.

Estoy sospechando que lo mismo me va a ocurrir con esto del budismo. A veces, recitando los mantras, me vienen a la mente fogonazos de estar cumpliendo un papel asignado. Que esta misión que me he impuesto con toda seriedad, no es más que otra historia. Cuando me siento a meditar y pongo mi mente en blanco, o visualizo alguno de los demonios protectores, la veo. La veo sentada escribiendo y sonriéndole a la pantalla de su computadora. Se que me descubrió. Se que está incorporando esta faceta de mi vida en la trama de la historia que está escribiendo. Me va a matar pronto. Y claro, de eso vive, es escritora. Y cada cuento que publica sobre mí, sobre mi vida y sobre mi muerte, le permite a ella seguir viviendo. Y escribiendo.

Ahora lo tengo claro. La única manera de morir definitivamente es que en este momento tú acudas en mi auxilio y dejes de leer ya.

lunes, 28 de enero de 2008

Mala educación

Normalmente se pensaría (o por lo menos yo lo hacía) que con el pasar del tiempo, además de viejos nos “ponemos” conservadores. Claro esto es válido solo para aquellos que no son conservadores “de nacimiento”. Nada como la proximidad de la muerte (que en realidad siempre nos acompaña a la misma distancia desde que nacemos) como para que hasta el más librepensador, socialista, mente-abierta y loco, comience a pensar en los pecados, a tener miedos y remilgos y hasta se persigne de vez en cuando. O será como dice Luís Guillermo, pura flojera que da dar la batalla por cada pensamiento, se cansa uno. Y eso no tiene nada de malo. Solo me doy cuenta que mientras mas vieja me pongo mas empecinada soy y por lo tanto mas cansada también. Lo que me diferencia de la juventud es solo que ahora escojo mejor las luchas en las que adopto una posición beligerante. Una gran cantidad de veces, me río (o lloro) para mis adentros y lo dejo pasar. Una cuestión de tiempo disponible quizás. Cansancio puro, a lo mejor.

Y no voy a hablar de política ni de religión. Aunque me pican los dedos por hacerlo de vez en cuando. No lo hago porque mi posición al respecto es mía personal y como no tengo ninguna actividad (salvo votar o decidir no ir a la iglesia, y eso se decide y se hace íntimamente) en la que mi opinión tenga una posibilidad real de cambiar algo, prefiero que mi vida discurra en paz pensando lo que pienso y actuando en consecuencia sin dar demasiadas explicaciones. Estos temas, además se relacionan muy de cerca con las creencias y las creencias, como los actos de fe, me son cuesta arriba, no las entiendo del todo. Lo que me ocupa es la educación. Concretamente, y para no hablar por los demás, de la educación de mis hijos.

Recuerdo siempre los comentarios que me hacía mi ex-suegro (si es que esa figura existe), es decir, uno de los abuelos de mis hijos. El me decía que antes, criar muchachos era más fácil. Ellos tenían que obedecer y punto, y si no, un golpe bastaba para que se entendiera quien era el que mandaba. Los muchachos no hablaban en la mesa (mi abuelo materno también decía eso). Sostenía que yo hacía mal razonando tanto con ellos, los estaba malcriando, según él. Quizás tenía razón. Es mucho más fácil controlar a un muchacho que educarlo. Es más fácil soltar el golpe que dar una explicación (que probablemente tengas que repetir hasta que le salgan callos en los oídos). Es más fácil exigir, que dar.

La escuela de mis hijos es un vivo ejemplo de eso. Ellos estudian en una escuela privada (es decir yo les pago mensualmente el equivalente a un sueldo mínimo) que intenta todos los días que seamos nosotros los que hagamos su trabajo, supongo que así les sale mejor el negocio. Su idea de educación se parece más al adoctrinamiento religioso, o a la domesticación de animales que al objetivo de que el niño aprenda (y disfrute haciéndolo) cosas que le van a ser útiles para vivir la vida. Y yo estudié en un colegio muy similar, solo que dimensiones infinitamente superiores (por el tamaño, que no estoy haciendo valoraciones de calidad). Era un colegio enorme de 45 niños por aula y cinco aulas por nivel. Estudiaba además con hijos de ministros y eso me ponía el rasero social (léase económico) muy alto. Siempre fui la rara. Mis hijos son raros también. De tal palo tal astilla.

No entiendo por ejemplo, que en pleno siglo veintiuno, sigan exigiéndoles a los niños que parezcan “hombrecitos”, es decir que tengan el pelo corto y jueguen juegos de niños. Y a las niñas que se arreglen pero poquito, se les permite reflejos en el pelo, brillo en las uñas, tres pulseras y un collar, pero no más. Tienen que parecen mujercitas, pero no hay que exagerar. Que en Margarita, que hace un calor horroroso, se imponga a las niñas “mayorcitas” un pantalón de plástico (esos de cajera de banco) con tachones y amplios para que “no se les vea la forma del cuerpo” (y eso es una cita literal). Lo mas increíble es que también tienen que llevar medias blancas hasta la rodilla para que cuando se sientan no se les vea un centímetro de piel que genere malos pensamientos. Y zapatos negros hasta por dentro, para que no se les escape ni un ápice de luz. La regla llega tan lejos como para impedir que un niño haga uso de su derecho (humano) de estudiar por no parecer un estudiante de ese colegio en particular. A mi me da entre risa y ganas de llorar la cosa. Entiendo el esqueleto del razonamiento que conlleva a esas reglas. La adolescencia es una etapa terrible. Los niños hacen competencia con la ropa y se miden por las marcas y costos de los accesorios que llevan un poco copiados de las películas gringas esa en que las niñas populares son porristas y catiras y los muchachos bellos futbolistas. Los estudiosos son “nerds” y rechazados. Pero llevar las reglas hasta ese extremo le otorga una excesiva importancia a la apariencia. Mucho al Este ya es el Oeste diría Tadeo. La vida monacal para controlar el pecado. Lo reitero, es mucho mas fácil imponerse que educar. Reglamentar que dialogar. Después de todo, las reglas, así como las leyes sirven sólo para obligar a la gente a hacer las cosas “bien”. Es una cuestión de forma y no de fondo, lo cual, en mi opinión se opone directamente a los objetivos de la educación (al menos los objetivos que tengo yo en mi cabeza). ¿Amaestramos pulgas o enseñamos ética a los niños?

Es increíble, por ejemplo, que en ese colegio se considere un deber de los niños, inspirar y motivar a los profesores, pues ellos dedican sus vidas a soportar los desmanes de una horda de adolescentes inquietos. Yo, en mi infinita ingenuidad, entendía que era al revés. La matemática no es divertida así nada más, es el profesor el que puede hacerla divertida usando estrategias que yo, inocentemente creo que estudió en la universidad. Si el niño no entiende la matemática es definitivamente, según el colegio, culpa directa del niño (por no poner atención o por bruto) e indirectamente de sus representantes (por no practicar matemáticas a las nueve de la noche con ellos o porque no saben matemáticas, por irresponsables), nunca del maestro que no sabe llegar de diferentes maneras a sus alumnos y hacerlos entender, que en definitiva si es su trabajo. La ley de educación que obliga al maestro a repetir un examen si mas del 50% está aplazado, es una vil violación a los derechos del maestro, pobrecito, que tiene que repetir un examen solo porque los niños son flojos o hacen conflagraciones en contra suya para hacerlo trabajar de más. O peor aún, es un atentado contra la economía de los dueños del colegio, pues tienen que ingeniárselas para no pagar horas extras para rehacer los exámenes que los chicos, con tan mala intención decidieron no pasar.

Es también dolorosamente inquietante que los niños sean promediados y se les exija un mínimo de rendimiento (que deciden ellos), que invariablemente requiere que uno firme un “acta compromiso” en el que necesariamente (y explícitamente) los estudiantes requieran profesores fuera de las horas de clases: lo que llaman “clases especiales”. Es decir, uno paga un colegio que no puede enseñarle a sus hijos lo que los profesores particulares (a los que tambien hay que pagar) si pueden. Lo miran a uno con desdén cuando uno se conforma con que el niño sea “promedio” y defienda su felicidad por encima de un futuro promisorio como abogado de la República y hacen que uno firme de nuevo un acta compromiso en la cual consta que uno no quiere que su hijo haga tarea hasta las nueve de la noche, porque (hippie y loco somos) deseamos que los niños tenga un rato para estar en familia, jugar, bañarse y comer.

Es común también, que cualquier desviación de lo que los educadores consideran un comportamiento adecuado, sea tildada de criminal y “malandricen” con una facilidad horrorosa a los chamos. Eso viola cualquier tratado de Programación Neurolinguística y en todo caso, solo me parece que estimula a los chamos a comportarse según las etiquetas que los mismos profesores les endilgan.

Es un trabajo interminable. Los niños llegan del colegio (que yo pago, repito) a desmontar pieza por pieza lo que durante el día fue impartido como educación. A tapar los huecos que constantemente dejan abiertos y enseñarles cosas que creía que aprenderían. Yo diría que deseducar a mis hijos, es mi principal labor y lo mas triste es que pago por que los eduquen. Y sueño con una educación abierta, bonita, divertida, realmente formativa, no competitiva, respetuosa de las diferencias y con la mayor libertad posible. Una educación que realmente sirva para vivir y para hacer del mundo un sitio mejor. Soñando vivimos. Soñando y haciendo lo mejor que se puede. ¿Verdad?
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lunes, 24 de septiembre de 2007

La belleza: en el espejo de la bruja


Según el pequeño Laroussse es “armonía física o artística que inspira placer y admiración”. Es un concepto que todo el mundo conoce. Una idea universal con una muy limitada aplicación general. La belleza, y eso todo el mundo lo sabe, es un concepto cargado de subjetividad. Como casi todo. No se puede medir, no tiene leyes generales que la rijan, no hay acuerdos que vayan más allá de la visión personal, aún cuando haya patrones generales de belleza modelados por la cultura y el tiempo. En tiempos de Rubens las gorditas neumáticas eran sexys. En China era bello tener pies pequeños y deformados. Hoy en día es bella quien parece una flaca prepúber.

¿A que viene todo eso? Hace unos días fui a un salón de “belleza”, una peluquería, pues. Debo aclarar que no fui a cortarme yo el pelo por las razones que expondré mas adelante. Mi hijo necesitaba un corte de pelo, pues en su colegio no es aceptable que un varón tenga el pelo largo, deben tener corte de “hombrecito”…hablando de subjetividades. En pocos lugares me siento más fuera de lugar que en una peluquería. Me siento como una traidora a mi género. Miro a mí alrededor y veo mujeres de pelo ensortijado planchándoselo, mujeres de pelo liso haciéndose la permanente. Maquillajes increíbles, uñas acrílicas con paisajes miniaturas. Disfraces, muchos disfraces. Hombres que se disfrazan de mujeres. Mujeres que se disfrazan de las mujeres que no son. No me siento mujer en una peluquería. Las peluqueras me miran con condescendencia. No entienden porqué no me hago “algo” en ese pelo loco mío, que le falta “estilo”. Y es que le tengo pavor a los disfraces. A esos que no se usan para divertirse en una fiesta, sino los que se usan para la vida cotidiana. Me horroriza incluso la idea de vestirme “elegante” para una fiesta, ponerme tacones y rimel, medias panties y laca en el pelo. Me angustia mirarme en el espejo y no reconocerme. Loqueras mías, supongo.

Como iba diciendo, estaba yo sentada en la peluquería esperando que se desocupara alguna de las seis peluqueras, para que atendieran a mi hijo, que por cierto se sentía vejado por tener que cortarse el pelo para satisfacer una regla discriminatoria y ridícula de su escuela y soltaba unos lagrimones tristísimos. Reflexionaba sobre el esfuerzo diario que hacen montones de mujeres (y algunos, cada vez más, hombres) para ser bellos. Horas en el gimnasio, no por la salud, sino para eliminar la celulitis y las revolveras, endurecer glúteos, abdominales. Sacrificios increíbles en cuanto a la dieta, cero placer de comer, medir calorías y tomar pastillas diuréticas (con las que pierdes agua y no grasa, un espejismo a la hora de perder peso), pastillas laxantes (que incrementan la velocidad del tránsito intestinal, disminuyendo así la posibilidad de que los alimentos se absorban) que dan dolores de barriga y diarrea. Los desórdenes extremos como la anorexia y la bulimia. La locura de estar flacos y no necesariamente saludables y felices. El maquillaje y los “trucos” de belleza que proclaman las revistas femeninas. Como hacer para que los ojos te luzcan mas grandes, la nariz más pequeña, la piel más tersa. El último grito de la moda en cuanto al pelo, los tonos que se llevan, la textura adecuada, el largo permisible. El modo de vestirse, los accesorios, como hacer para que combine la cartera y los zapatos, además del celular. Los tratamientos de belleza, los masajes reductivos, la dermoabrasión, los peelings, el levantamiento de glúteos, la gimnasia pasiva, la inyección de una neurotoxina para evitar las líneas de expresión (y la expresión). Y últimamente, las medidas “rápidas” quirúrgicas: los implantes de seno, de glúteos, la lipoesculura, la rinoplastia, los lifting y pare usted de contar de la cantidad de cosas que se hacen en un quirófano para hacer a los cirujanos plásticos más ricos y a las mujeres y hombres más plásticos y menos ricos.

Es un esfuerzo agotador, tanto de tiempo como de dinero, ser bella. Y definitivamente genera muchísima angustia. No puedo evitar las preguntas. ¿Bella para quién? La belleza, según un dicho muy conocido, está en el ojo de quien la admira. ¡Qué difícil debe ser complacer a ese gentío! ¿Bella para qué?, esta es una pregunta con truco. Las mujeres bellas (y hablo de mujeres, puesto que soy una, no me atrevo a afirmar algo así con los hombres), según la sabiduría popular, consiguen más cosas más fácilmente. Consiguen marido (si están buscando uno), consiguen sexo (si ese es el objetivo), consiguen trabajo (se busca secretaria o ejecutiva de ventas o vendedora con excelente presencia), consiguen la envidia de las adversarias, consiguen admiración de mujeres y hombres, consiguen mejores notas en la universidad (siempre y cuando no se les aplique el prejuicio de “cabellos largos ideas cortas”). La belleza, parece ser el vehículo social (que nos lleva exactamente a ¿Dónde?) y a mí, sinceramente, me cuesta mucho vivir en un mundo así.

A pesar de todo eso mi esposo suele decirme que soy bellísima. Y a mí eso me da un poco de risa. En parte es una risa de placer, pues estoy muy clara que es que él me ve bella, lo cual está muy asociado al amor (uno quiere a sus hijos y no importa lo feos que sean son siempre bellos para uno). Pero también me río porque no encuentro mérito en ello. Yo no he hecho nada por ser bella (o porque él me vea bella, en realidad), no invierto ni mucho tiempo ni dinero en serlo o parecerlo, ni tuve participación en la configuración de genes que resultan en mi configuración física. Es una risa incómoda, pues no me gusta la idea de que la mayoría de la gente se juzgue por el empaque, que lo que se parece que es sea más importante que lo que verdaderamente se es. Cuando las circunstancias me obligan, y me maquillo (aunque sea solo una rayita en el ojo y un poco de brillo en los labios), siento que estoy haciendo una concesión, que me estoy disfrazando, que estoy ocultando quien soy verdaderamente para mostrarle al mundo otra Anne-Marie, una que parece ser bella.

¿Quién fija los patrones mediante los cuales se juzga la belleza? ¿Por qué la belleza es forzosamente asociada a la juventud? Si volvemos a la definición del Larousse (pequeño no es), la belleza debe producir placer. ¿Produce placer tener que hacer tanto esfuerzo para parecer algo que no se es? ¿Qué tanto dice la apariencia externa de quienes somos verdaderamente en nuestro interior? ¿Importa eso realmente? Pienso en lo ridículamente reciente que son los movimientos de la supuesta “liberación” de la mujer (hace menos de 50 años todo esto era impensable), la adquisición de voto, de participación pública, la independencia económica, la posibilidad de decidir cuántos hijos tener. La adquisición de esa cantidad de libre albedrío ¿la usaremos para decidir cuantos cc nos implantamos en los senos? ¿Cuántas horas de gimnasio para reducir los cauchitos? ¿Qué marca de rimel usaremos? ¿Cuánto debemos pesar? Me da un poco de dolor pensarlo, pues seguimos esforzándonos para complacer patrones de belleza impuestos por ¿Quiénes?

En las encuestas que he hecho a los hombres respecto a esos temas, no encuentro casi ninguna pista. A la mayoría de los hombres que he encuestado no le gustan las mujeres demasiado flacas, prefieren cierta cantidad de redondeces y curvas. Los pelos tiesos de productos químicos de peluquería, ni siquiera los ven. A algunos de plano no le gustan los senos falsos. Ni el exceso de maquillaje, ni la ropa excesivamente adornada. Hay quienes desean tener una mujer-trofeo a quien exhibir a su lado, básicamente para impresionar a sus amigos y demostrar lo efectivos que son a la hora del levante. Pero no están muy interesados en las personas que son esas mujeres, sirven mientras son bellas. ¿Estamos interesadas en una relación así?

Sospecho que belleza es una auto-imposición. Y creo que por ahí va la cosa. El ojo que más duramente nos evalúa y nos compara con un “ideal” de bellezas tipo cosmopolitan, es nuestro propio ojo. Tenemos en casa nuestro propio espejo de la bruja de Blancanieves diciéndonos “quien es la más bella del reino” y nunca pasamos la prueba. Todos los días nos lavamos la cara, nos cepillamos los dientes, hacemos todas esas pequeñas rutinas que nos caracterizan y salimos a la calle a vender nuestra belleza, a sufrir por la falta de ella o a trabajar incansablemente para obtenerla.

¿Quién metió detrás de nuestros ojos-espejos la idea de que ser bellas es de tal o cual manera? ¿El que vende maquillaje? ¿Las peluqueras? ¿Los vendedores de revistas femeninas? ¿Los fabricantes de ropas para flacas? ¿Hollywood? ¿E-entertainment television? ¿Por qué atendemos a patrones externos y nos odiamos un rato cada mañana en el espejo? ¿No sería maravilloso comer una buena comida sin sentir culpa, que te miren sin maquillaje y te reconozcan, desnudarte con la luz prendida sin sentir vergüenza por tus hoyuelos de las nalgas, no tener cicatrices auto-infligidas?

Y vamos a estar claros, es inevitable envejecer. De eso podemos estar seguras, a pesar del botox, de la silicona, del colágeno, de todas la liposucciones, lifting y correciones que se nos ocurran, eventualmente envejeceremos. No podemos parecer de quince hasta los sesenta. Y cuando se intenta, se nota y denota el miedo pánico que tenemos a ser viejas. Y nos inventamos una juventud falsa. Cuando perdamos esa belleza asociada a la juventud ¿Qué vamos a hacer? Si todo lo que tenemos para ofrecer es nuestra belleza joven, cuando seamos viejas ¿Quiénes seremos?

Yo quisiera creer que alguien es bello cuando se siente cómodo en su propia piel, sin hacer demasiadas concesiones ni sacrificios. Que puede sonreír confiado y amar a plena luz sin temer a ser juzgado. Que se mira en el espejo y ve a su propia persona, no un artificio inventado, superpuesto y plástico. Que tiene mucho que ofrecer desde su interior, que más que parecer, es. Finalmente la belleza tiene que ver solamente con el concepto que nosotros tengamos de nosotros mismo y ese es el ojo inspirado al que se refiere el pequeño Larousse. De no ser así, el esfuerzo es titánico e inútil.