jueves 5 de noviembre de 2009

Controlando




5:45 am. Me levanto con cierta flojera pues se que desde hace tres días no hay café en la casa. El síndrome de abstinencia me golpea mientras preparo un pobre sustituto: té verde (que me encanta en si mismo no como sustituto del café). Le llevo una taza humeante a Tadeo a la cama y cuando lo despierto, nota inmediatamente (de manera olfativa pues no abre del todo los ojos) que no le traje café sino té y lanza un quejido adolorido….otra mañana sin café.

Definitivamente el café es una droga a la que soy adicta, además del chocolate. Y por fin se lo que es “controlar”. Mi hija me mira con asombro cuando me paro en cada bodega y pregunto esperanzada: ¿hay café? En todas me miran con sorna.

He comprado los sustitutos químicos infames, que quisieran en alguna vida pasada haber sido café. He pagado hasta 631% su valor, como quien compra una sustancia ilegal. Los amigos nos llamamos por teléfono…¿conseguiste? ¿me mandas un poquito?. He desarrollado un olfato especial para seguir rastros de café recién colado. Practico la paciencia infinita sin pensar en pasado mañana, 100 gramos a la vez, la tasa a la que “controlo” café en una panadería, cuando la dueña se siente benevolente.

Dicen que la gente se acostumbra a todo. Es un pobre consuelo cuando el mundo se me pone chiquito y me muevo cada vez más liviana pero con creciente dificultad.
¿será la falta de café la gota que derrame la taza?...por ahora no…creo. Sigo en control.

lunes 17 de agosto de 2009

Hasta la última gota del tintero



Se ha casado
frente al mundo privado
que forman los sentimientos de aprecio de sus amigos
Anne-Marie Herrera.

Pintora,
artista de sueños,
escultora que talla mares de ilusiones...
alma mágica.

Se ha casado
con el amor mismo,
cobijada con las sonrisas
de sus hermosos hijos.

Y su espíritu
danza
en gozo pleno
esparciendo flores de primavera por decenas.

Estamos felices
brindamos por ella
con vino de estrellas
y copas francesas.

Sea pues esta unión
una gran celebración...
que no quede ni por error
una gota en el tintero.
Y si el sol en un arrebato de locura
saliese mañana por el Oeste,
no tema usted bella dama...
su amor será siempre su Norte... haya luna, haya nieblas.

Auguri!

Paul Quintero
poema de felicitaciones para la pintora Anne-Marie Herrera quien con su arte y pasión ilumina la Isla de Margarita.

jueves 25 de junio de 2009

Sin esperanzas




Imagino que ya se habrán dado cuenta de que estoy deprimida. No me voy a poner aquí a detallar las razones (y menos aún las sinrazones) por las cuales lo estoy sino más bien describir algunos descubrimientos en este proceso. Estar deprimida me ha obligado a mirarme con lupa, y las lupas no son generosas con lo que muestran. De hecho hasta deforman un poco la “realidad”.
Mi tristeza me genera un monólogo interno constante que llega a ser fastidioso. Es como tener a una quejica llorona y miedosa metida adentro y no poder exorcizarla. La depresión se parece a un claustro monástico. Solo que Dios no existe o me ha abandonado, que al final es lo mismo. La depresión es atravesar el infierno, como ya lo dije antes. Y lo peor de todo es que la depresión genera culpa. En uno mismo y en los que nos rodean, cosa que no ayuda, por supuesto.
Lo bueno de haber tocado fondo y el fondo que yo he tocado es como de limo y no parece tener a su vez fondo sólido (me recuerda el fondo de una laguna en la que me bañé en alguna vida en el Delta del Orinoco), es que tuve que pedir ayuda. Y pedir ayuda me ha salvado. Ese instante de agarrar el teléfono, (al darme cuenta de que tengo semanas que no salgo, que no quiero ver a nadie y que miro la pantalla de la computadora como si me fuera a dar una respuesta), y llamar a mi amiga del alma y llorarle, moquearle y contarle lo que me pasa, me salva de la más pavorosa de las sensaciones de la depresión: la soledad. En ese acto que denota (diría Bryce Echenique) unas enormes ganas de vivir, conjura de golpe toda la soledad y la convierte en puente. Se rompe el pudor, que es el escudo de los deprimidos, y lo que sale es dolor puro. Y el diagnóstico, claro, ni lo necesito. Estoy deprimida. Mi amiga desde el otro lado del teléfono, me sirve de terapeuta, aunque es mucho más que eso. Es como mi hermana, esa que escogí en la vida. Un ser a quien me une un amor grandote y viejo. Hemos vivido muchas cosas juntas, incluso de lejos, pero siempre juntas.
Ahora, a pesar de Platón, mis mañanas tienen un color rosado intenso y comprimido. Que me perdone Marinoff. Que me disculpen la religión y todos los libros de autoayuda sobre el planeta. Me estoy reconciliando con el rosado, yo que siempre lo detesté por ser el resumen de un cliché.
Hay algo de entrega en mis mañanas de rosa. Mucho de humildad. Recupero poco a poco lo perdido. La sonrisa, el agua del mar en mi piel, el beso de mi amor, el sabor del chocolate, la risa de mis hijos, la luz de la mañana. El placer de lo cotidiano, la belleza de los tomates y hay como una iluminación. De pronto comprendo todo y sonrío. El mundo se convierte en oráculo y todo tiene sentido. Los libros me hablan o resuenan sus ecos dentro de mí y me señalan, sabios, mis heridas de mentira. Comprendo que vivir como loca esperanzada es mi perdición.
Vivir con esperanza me ha forzado a vivir en el futuro. El futuro es inasible, nunca llega. Siempre está más allá y la esperanza me ha mantenido andando en pos de él. ¡Que cansancio, carajo! El ahora se pierde en esa persecución y en la noche el vacío es enorme. Me da un poco de risa…el prozac me ha brindado la oportunidad de vivir el estado budista del eterno presente. Pegada en el instante que corre tengo la oportunidad de disfrutar. El tiempo pasa mas lento así. Por eso estoy practicando vivir sin esperanzas. Creo que ya no la necesito….eso espero…

viernes 22 de mayo de 2009

Cara B



La tecnología tiene sus cosas buenas, pero también acarrea ciertas pérdidas. Los CD tienen un solo lado y extraño un poco el lado B (y otra vez Drexler me da la razón) de los discos de 45. Uno compraba esos discos porque determinada canción le gustaba y en vez de comprar un LP, de manera más expedita escogía la canción que quería escuchar. Pero resulta que esos disquitos negros, como de comiquita, tenían una cara B. De ese lado, inevitablemente unido a la A, había otra canción, de la cual nunca había escuchado ni el nombre. Casi siempre esa me gustaba más que la que había elegido inicialmente. Así, una estrategia de venta de las disqueras de rarezas musicales y rellenos poco probables me develó una cuestión filosófica. Del otro lado de la Cara A siempre hay una B y siempre es improbable, poco popular, rara, emocionante, misteriosa. Descubrí la otra cara de la vida, esa que me permite ser y que me ofrece una alternativa a lo que mastica la mayoría ciegamente. Así que prefiero vivir del lado B de la vida, aunque ya no existan los discos de vinil.

martes 21 de abril de 2009

El amor y los tomates




Todos los días, al finalizar su jornada de construcción, Tadeo trae a casa una bolsa de hielo (o un vaso plástico) lleno de tomaticos silvestres. Este pequeño gesto cotidiano despierta en mí una avalancha de emociones, que parecen desproporcionadas si se miran objetivamente. Afortunadamente no siento la obligación de ser objetiva.
Los tomates son bellos y agradezco a Drexler su oda, pues refuerza esto que escribo. Estos en particular son pequeños munditos perfectos, rojos y pulidos cuyo resto de cordón umbilical verde despelucado resulta un toque de locura. Preñados de semillitas, estallan, no se cortan al contacto con el cuchillo, soltando una dulzura que sólo un tomate que crece por su cuenta y en perfecto desorden puede tener. Resulta asombroso el hecho de que estos tomaticos son mas grandes por dentro que por fuera.
Todos los días les hago fiesta a los tomates, los cocino en pericos y en Ratatouille, los pongo en ensaladas y en sándwiches, pero lo que más disfruto es el ritual de recibirlos, ponerlos en el colador metálico, sonreírles, lavarlos, quitarles su peluca verde y ponerlos en un bowl azul añil, que los hace ver simplemente hermosos. Y claro, en el proceso me como algunos y comer un tomate que crece en el terreno donde se construye nuestro hogar es la cosa más coherente y sencilla que he hecho en los últimos tiempos. Hincarle el diente a un tomate que la persona que amo y me ama recoge todos los días para llevarla a casa, desata placeres insospechados. Estalla dentro de mí una alegría redonda y perfecta, como el amor, como los tomates

martes 7 de abril de 2009

atravesando el infierno




Atravesar el infierno con los ojos abiertos es como estar caminando en el ojo de un huracán, o por lo menos así lo imagino. Hay cierta calma allí. Todo vuela y se despedaza alrededor, se sabe que hay mucho ruido. Pero caminando allí, nada de eso importa. No sirven los aspavientos ni las angustias. Nada de eso es relevante. Hay un silencio falso, una quietud peligrosa y sobre todo mucha, mucha soledad.


La soledad de este viaje es abrumadora, pero absolutamente necesaria. No hay compañía posible en este infierno, porque está dentro de mi. En ese sentido difiero de Sartre. Y el viaje de la vida, el único viaje real que es el de viajar al centro de uno mismo, es un viaje solitario.

Lo bueno de atravesar el infierno con los ojos abiertos, es que los monstruos imaginarios (todos sabemos que esos son los peores) no aparecen. No es que los reales (si es que algo asi existe realmente) sean risibles, pero si los miras no hay sorpresas, no te toman por asalto.

La única protección posible en ese infierno es la humildad. No sirve la fuerza de voluntad, no sirve el combate, no sirve la razón. Después de todo, nada es importante a la luz de la propia mortalidad. A las puertas de la muerte (y de su otra cara, la vida) no hay certezas, no hay verdades no hay temores que valgan. Todo queda anulado en un momento binario: on/off. Así que este infierno, no es más que un tránsito que también pasará y del otro lado de la locura quizás se encuentre, quizás la cordura.

En este momento mi abuela agoniza ya al final de su vida del otro lado del mar, mi recién nacida sobrina recibe rayos UV con unos lentes coquetos que ella se empeña en quitarse en Cincinnati, mi hija peina colas de caballos en una granja de Macanao, mi esposo coloca amorosamente piedras en lo que será nuestro hogar, mi hijo patina skate en un lugar de Margarita que quiere parecer urbano, mi casera recoge piedras de su jardín y las bota en la basurera en un vano y desesperado intento de controlar el caos, yo tejo pedazos de oro, de plata sentada ante una Iglesia de quinientos años. ¿Qué sentido tiene todo esto? El único que yo le encuentro es que es bello. Gracias a la belleza ningún infierno es suficiente, ninguna muerte es definitiva, ningún instante es irrelevante. Gracias a la belleza, el ojo del huracán es una manifestación majestuosa y no solo infierno y caos.

martes 24 de marzo de 2009

Hay días -épocas enteras-



Hay días en que soy extranjera en mi vida
en que el tiempo simplemente pasa
sin huellas
sin olor

hay días en que lo importante es improbable
lo urgente atropella sin pausa

hay días que el agua que corre por mi cuerpo
me duele
las ventanas de mirar hacia fuera
están ciegas
el silencio constante
me grita en el oído
en el que ser
es impreciso
inoportuno

hay días en que respirar es difícil
en que la sal me molesta en los ojos
en que mil kilómetros son infinitos
en que el mar es un abismo
sin fondo
un hoyo en el universo

hay días
en que sencillamente
quiero salir de mi cuerpo
dejar ese cascarón molesto
cerrar la puerta detrás de mi

y adiós.

viernes 20 de marzo de 2009

historia de amor


él aceituna
ella mantequilla

ella fluida
él nervioso

él abraza
ella se refugia

él pregunta
ella sonríe

él acaricia
ella se derrite

ella lo mira
él la mira

él besa
ella se enciende

él penetra
ella envuelve

él se estremece
ella gime

ella canta
él danza

ella se conmueve
él se asombra

él promete
ella cree

ella observa
él duerme

él respira
ella suspira

ella adivina
él sueña

él duerme
ella se acurruca.

sábado 27 de diciembre de 2008

Desnuda descreída derrotada: cavilaciones de fin de año


Esa idea que nos venden de que la vida es una escalera es falsa (tremendo descubrimiento ¿no?). Esa idea sugiere que cada paso que se da es en ascenso y que el siguiente siempre está por encima del anterior. La vida es errática, impredecible, medio loca.

Tengo 41 años. Estoy en la mitad de la vida y me siento como una recién nacida en algunos sentidos. Todas mis convicciones se han puesto a prueba, una a una han ido cayendo hasta dejarme desnuda, descreída. No tengo nada. Ni siquiera el trabajo que he venido desarrollando los últimos 15 años. Mis manos, siempre ocupadas, no encuentran que hacer, en eso consiste mi derrota.

Algunas amigas me dicen que vivir en Margarita es una especie de acelerador del Karma. No se…, me cuesta creer en el Karma, me cuesta creer y punto. Si el Karma existe, no hay necesidad de que crea en él. Como dice Didáctilos, el loco filósofo de Efebia, solo es necesario creer en lo que no existe. El asunto es que esta especie de viaje de Inanna o de Perséfone al inframundo de la economía insular, me ha obligado a despojarme de todo aquello que yo creía necesario. Y me veo ahora…sigo viva, ergo…nada de eso es necesario. No estoy cómoda, eso sí que no. Estoy completamente desnuda. Mi piel se ha endurecido un poco y claro no me duele tanto pero también siento menos placer.

Tengo algunas cosas y son importantes. Tengo amor. Tengo el amor de mis hijos, que me acompañan en todas mis locuras y hasta me las celebran, solidarios. Tengo el amor de mi amor, que es el más grande de todos y con él me arropo ahora que estoy desnuda y tengo frío. Mi familia me apoya en la distancia y a pesar de ella, yo los siento como si estuvieran aquí conmigo. Tengo amigos, aunque algunos de ellos prefieren mirar a otra parte incómodos, pero otros me tienden la mano generosos. Supongo que en estos momentos uno sabe quien es en realidad cada una de las personas que te rodean. La otra cara de la moneda bonchona de Margarita.

Debería estar además de desnuda, descreída y derrotada, desesperada, pero no lo estoy. Es extraño, hay algo tranquilizador en despojarse de tantas cosas. Lo más importante que se siente es ligereza. Queda lo importante, del resto puedo prescindir. Será que soy una optimista patológica, será que en el fondo sí tengo fe. Por lo menos en que si uno persiste en hacer lo que quiere, termina por salirle bien. Será que me gustan los retos y de vez en cuando me pongo en una situación difícil por el gusto de enfrentarlo.
En cualquier caso me toca renacer, rehacer, reintentar. Finalmente yo no soy lo que hago, ni lo que tengo.


Soy…simplemente.

sábado 20 de diciembre de 2008




lunes 24 de noviembre de 2008

¡los esperamos!




miércoles 12 de noviembre de 2008

Micro: Arte Somos: Anne-Marie Herrera



video

Producido por TELESUR

lunes 10 de noviembre de 2008

SPM

Rozo la locura cada mes como si fuera la primera vez. La conciencia no me alcanza para arropar tanta animalidad. Me deslizo imperceptiblemente por un costado de la vida hasta encontrarme en un sitio que conozco muy bien y a la vez siempre me es extraño. Me siento ajena y separada del mundo. Los problemas más insignificantes los miro con lupa y se convierten en monstruos de mil cabezas que me impiden dormir acosándome en el borde de los sueños. El mundo está lejos…allá en el fondo de un telescopio invertido, chiquitico y ruidoso. El tiempo se deforma y me desplazo con lentitud a pesar de que el cerebro piensa con rapidez y me apura. Me pongo impaciente y malhumorada. Creo que nadie me quiere…como hacerlo si soy un bicho kafkiano, incómoda, con patas de más y un caparazón que parece que no sintiera nada pero que todo lo hiere. En pocas palabras estoy loca.
Lo mas pavoroso de ésta locura es que está disfrazada de normalidad. Es natural, dicen, que las mujeres “suframos” este síndrome. Con razón muchas veces el ser femenino ha estado asociado a la locura, las mujeres son histéricas. Alguna dolencia misteriosa asociada al útero. Y yo todos los meses creo que algo grave pasa, que mi vida es un caos por una fracción de tiempo, que no se donde pongo las llaves, los lentes, la cartera y mi propio desorden me aprisiona. Que no puedo ser merecedora del bellísimo amor que mi marido tiene para mí, pues soy una loca insomne y despelucada indigna de cualquier cosa. Mis hijos me sobran y pido silencio.
Quizás lo que no es normal es que tenga que llevar una vida normal en esos días. Que tenga que manejar, trabajar, cocinar y hacer todo lo que la gente menos loca hace. Por eso pido taima, pero bajito, no vaya a ser que me oigan y luego me digan floja. Por eso pido una tregua, pero con mucha vergüenza porque ocurre con mucha frecuencia..
A esto le sigue la sangre y el dolor. Los prefiero a la locura. A veces me da risa, cuando descubro que es solo el Síndrome Pre-Menstrual el que me ha estado molestando. A veces me da tristeza no darme cuenta a tiempo antes de sentirme como un licántropo incomprendido. En cualquier caso respiro aliviada y comienzo otro ciclo, así es la vida.

viernes 7 de noviembre de 2008

silencio







Hoy necesito silencio
que se callen los tambores de la plaza
los vidrios rotos
las alarmas

que desaparezcan el asfalto y la gasolina
los bolívares fuertes y las transacciones

Necesito que callen todos
los gritos en la mañana
el ruido infernal de la cotidianidad

la perra que le ladra a la noche
el gato afónico
el hidroneumático mugiente

Necesito una tregua
un respiro
un aliento
un chocolate
una siesta
un té
un abrazo

Solo por hoy necesito silencio

quiero sólo oírme

el ritmo inquieto de mi pecho
el murmullo malhumorado de mis tripas

Solo por hoy

Mañana será otro día de ruido

viernes 31 de octubre de 2008

Toda buena ama de casa


Toda buena ama de casa

despeinada

sin ambagues

con el vientre lleno de orquídeas y canciones

se hamaquea

en las esquinas del amparo

y a tientas

reconoce

el luto de cualquier sonrisa limpia

de ojos bajos

como cuando reconoce

alguna fruta madura

pequeñita

caída

muy temprano


Toda buena ama de casa

impregna el pan

y la mesa

con el perfume de su alma

Las manos

son las mismas

aunque su mundo de verdad

se murió

con la evolución de los almanaques

y con la mortaja

misma

que las nostalgias mismas tejieron




Toda buena ama de casa

no envejece

se detiene

y entre sus alegres desmemorias

todavía sabe qué día es domingo

por la plegaria de los árboles

la edad del aire

el color del cielo


Toda ama de casa

toda puta

toda nacida de mujer

sabe en su pecho la mentira universal:

que domingo

no es día de descanso

y cada día menos el día del señor

más bien

es día perfecto

para agarrar las maletas y largarse

ver películas

en fin

no hacer un coño

No me muero

no amo

no rezo

no me acuesto con más nadie

no paro más

no me quejo

no lloro

ya no me calo este madero

de mierda

no joda

cómanse un cerro

cabrones

coños de madre

porque no quiero

porque no vivo

y porque no me da la perra gana.



Texto de: Karelyn Buenaño, del libro: Trópico de Circe, de la editorial El perro y la rana. 2006.

jueves 9 de octubre de 2008

Mañana



Son las 6 y 45 minutos de la mañana. La cafetera gorgotea su líquido marrón y el aroma se esparce por la casa. Mi momento favorito del día comienza y me entrego a él con lentitud. El café huele mejor de lo que sabe, dicen algunos, pero yo me deleito con cada una de sus facetas. El aroma primero del café seco cuando lo coloco generosamente en el vientre de la cafetera, apretándolo con suavidad. Luego el misterioso cuando cuela, que alcanza todos los rincones de la casa. Mas tarde en la taza, negro, humeante, con papelón, mi manera favorita de tomar café. Con la taza tibia en mi mano doy pequeños sorbos, está caliente. Observo la hermosa montaña que se despliega frente a la ventana de nuestra cocina. Todas las mañanas se pinta diferente. Algunas es dorada, límpida. Otras se tiñe de rosado y algunos penachos de nubes como plumas le acarician la corona. El verde, cuando es época de lluvia, y sus infinitos tonos. Los copeyes brillan como si escondieran plata. El gris seco, cuando la lluvia nos elude. El amarillo instantáneo y fugaz cuando los guamachitos florean.

El aire esta fresco, aún el calor no aprieta.

El silencio. Ese espacio sin ruido indispensable para mí. Nadie me llama, nadie me requiere, soy mía y de la mañana. Solo el gato se acaricia con mis pies y pretende montarse en mis hombros como un loro o un abrigo de visón ronrroneador. No me molesta, me conmueven sus demostraciones silenciosas de cariño.

Las siete. Se acaba mi pequeño interludio de quietud. Despierto a los niños y comienza mi proceso de dilución, de derramamiento hacia los otros. El silencio se rompe, un poco dolorosamente. Un portazo, el agua del lavamanos, la poceta. Los buenos días de mis niños restregándose los ojos con sueño.
Empieza el día.

lunes 29 de septiembre de 2008

Gringo pagado


En todas partes soy extranjera. Claro, mis orígenes contribuyen a este hecho. Y cuando la gente me pregunta de donde soy…suspiro y echo un cuento largo. Nací en Ithaca (a donde míticamente debo volver), NY, pero solo por casualidad. Mi papá trabajaba en Cornell University (y mi mamá lo acompañaba) cuando yo vine al mundo y por eso tengo un pasaporte azul que dice que yo soy U.S. Citizen. Pero no me salvo de los maltratos en la embajada norteamericana por ello, soy “citizen “de segunda categoría. O sea, no soy gringa pues, o lo soy pero no tanto.

Mi papá es tan venezolano como cualquiera cuya familia tenga más de 300 años en Venezuela o algo así. Venezolano endogámico, de esos que se casaron entre ellos hasta que casi hizo aparición el rabo de cochino de los Herrera. Caraqueño de pura cepa con algo de Valenciano pues mi abuela es de por allá. Así que soy venezolana también y así lo dice mi segundo pasaporte.

Mi mamá es de otro cuento: nacida en Estocolmo, contribuye en un 50% a la confusión genética y fenotípica que hace que yo no sea de ninguna parte y de todas a la vez. Tener una mamá sueca es como tener una mamá elfo, una especie de ser mítico, claro y muy muy extranjero, que además causa ciertas sonrisitas explícitas a causa de las famosísimas porno suecas.

Mi papá muerto de la risa, cuando aún consideraba la “extranjería” de mi mamá atractiva, solía decir que a los hermanitos Herrera-Nälsén se nos reconocía facilito en donde sea. En Venezuela porque éramos mas catiritos y suequitos que el promedio y en Suecia (donde vivimos un año) porque éramos los morenazos latinos de la cuadra. Todo es cuestión de punto de vista.

También recuerdo al respecto lo curioso que me parecía que en Mapire (un pueblito que según Julio Verne, está graciosamente inclinado sobre el Orinoco, en el Estado Anzoátegui) cualquiera que viniera de más lejos que Pariaguán, era gringo. Sin importar el color del pelo, ni de la piel, ni el acento inconfundiblemente venezolano (pero definitivamente no mapireño). Todos éramos gringos, sin importar que viajáramos el curiaras, cagáramos en letrinas, viviéramos en casa de bahareque y techo de moriche y comiéramos rayao frito como el que más. Eso solo nos hacía raros, pero gringos.

Mi hermana, que dicen que se parece a mí, también vivió una situación particular al respecto en la propia New York. Daba clases en el Bronx en una escuela “afroamericana”. Los gringuitos afroamericanos le tenían la vida hecha de cuadritos por ser gringa blanquiñosa (ella estaba ilegal en EEUU y sí, es muy blanquita y catirita). Ella no sabía que hacer y se desesperaba. Hasta que un día se arrechó y les echó una perorata en perfecto venezolano mandándolos todos al carajo. La cosa cambió inmediatamente, ella pasó a ser de otra minoría oprimida en EEUU, a ojos de los niños del Bronx , y la toleraban un poco más, pero no del todo pues seguía siendo demasiado blanca para ser latina.

Todo este cuento viene porque ahora vivo en La Asunción. Una pequeña ciudad (solo porque tiene título Real de ciudad, no porque lo sea realmente) bellísima y colonial que es la capital de la Isla de Margarita. En donde definitivamente todo el mundo es extranjero. Y claro, en Margarita hay muchísimos extranjeros. Hay franceses, italianos, chinos, suecos, holandeses, norteamericanos, canadienses, etc. buscando fortuna y sol. A los margariteños de pura cepa no les gusta mucho eso de que vengan de fuera a estropearles la isla y yo en parte les concedo la razón. Lo que sí les gusta, son sus dólares, pero ese es otro cuento.

En Margarita, los margariteños llaman “navegaos” a los venezolanos no margariteños que habitamos Margarita. Parece complicado pero no lo es. Finalmente todos nos acostumbramos a ser la espina en el zapato (más bien chancleta pues nadie en su sano juicio usa zapatos en Margarita) de los margariteños y ellos nos toleran con cierta intolerancia. El asunto es que La Asunción es particular al respecto. En la Asunción es más extremo el tema y todo el que no es de La Asunción es extranjero. Yo no había caído en cuenta de ello hasta que mandé a la lavar ropa a la lavandería UPA K´CHETE a una cuadra de la Plaza Bolívar. Conociendo las idiosincrasias locales (y las de todo el mundo) un poco, le pedí a mi venezolanísimo esposo Luis Guillermo (cuya madre es asuntina, por cierto) que llevara la carga de ropa sucia él, pues mi pelo y mi aspecto levantan inmediatas sospechas y me tratan como a una turista. Es decir, me cobran en dólares.

Él lleva la ropa, lo atienden amablemente, le dicen que la ropa va a tardar tres días en ser lavada. Cosas de los ritmos de la isla y lo espasmódico que es el servicio de agua. El miércoles siguiente buscamos la ropa, y nos horrorizamos por lo que nos cobraron (cosas de los inflación desquiciada que estamos viviendo, suponemos). En casa ya, cuando estoy sacando la ropa de las bolsas plásticas, veo unas etiquetitas pegadas a ellas. No puedo menos que arrancar a reír.
GRINGO
PAGADO
dicen en perfecto asuntino. Aquí no se salva nadie. Somos todos gringos.

lunes 18 de agosto de 2008




viernes 15 de agosto de 2008

Selección natural

Tuve un primer impulso de ayudarla. Los trece pisos y el hecho de que eran muchos detrás de ella, me disuadieron. No había nada que hacer, solo observar como la perseguían. No dejaba, sin embargo, de inquietarme. Una parte de mi se solidarizaba con ella, sola y perseguida, y otra decía que era lo natural. Ella volteaba de vez en cuando y miraba asustada a sus perseguidores. Eran como ocho, no podía contarlos con precisión, pues se movían mucho y además se sumaban y restaban orgánicamente como si funcionaran en masa.

Podía percibir su angustia. Sus gestos denotaban miedo. Todo pasó tan lento y a la vez tan rápido que mas me tardo en contarlo que los hechos en sucederse realmente, pero me dio tiempo de percibir detalles. Como si estuviera allí. Como si fuera ella. Como si fuera ellos.

La perseguían y ella hacía lo posible por no dejarse atrapar. Casi podía escuchar sus respiraciones agitadas. Ver los ojos inyectados en sangre. Olfatear las hormonas fluyendo enloquecidas, moviendo músculos, promoviendo la persecución. Un solo objetivo. Una sola presa. Ella corría.

Fue derecho hacia la gran avenida. Parecía una huida desesperada, pero al observarla cruzar, me di cuenta de que no era así. Se escurría entre el tránsito veloz con la habilidad de un experto. Era su medio natural. Ningún carro la tocó. No hubo movimientos forzados, ni titubeos. Cruzó fluidamente en diagonal, mirando solo hacia delante. Obstinada.

Los que venían atrás no vieron el peligro. Sólo la olían, la miraban a ella, que se les escapaba hábilmente. Arremetieron contra el asfalto sin mirar, con consecuencias nefastas. Dos fueron atropellados sin misericordia. Los carros no se pararon a ver que había pasado. Los demás llegaron al otro lado brincando, cada vez más enloquecidos.

Ella volvió a cruzar. Otra vez en diagonal. Y se repitió la escena de igual modo. Ella incólume, calculando cada movimiento y ellos desenfrenados con el sexo como único objetivo. Así fueron cayendo, dos más. Luego tres. En cada cruce en diagonal, ella se deshacía de unos cuantos. Un zig-zag mortífero para ellos, de alivio para ella.

Finalmente quedaron solo tres. De pronto ella paró la carrera y los enfrentó, quizás estaba cansada ya. Los midió por unos segundos. Ellos se abalanzaron sobre ella. Se peleaban entre sí, mordiéndose las patas. Desaparecieron de mi vista luego de un rato de tumulto desordenado y violento. Supongo que ella elegiría a alguno para aparearse, pero no vi a cual.

jueves 31 de julio de 2008


30 agosto al 14 de septiembre

Estoy requetecontenta y mucho mas orgullosa de invitarlos a participar de este bellísimo festival que estamos organizando un gentío en La Asunción, la capital de nuestra isla.

El festival comienza el 30 de agosto con la inauguración de la exposición: En escala de isla, que organizamos D'Abolengo y Guarura. Son mas de treinta artistas lugareños y navegaos, que tienen por reto el trabajo en pequeño formato. Así, exhibiremos fotografías, acuarelas, pinturas, ensamblajes, escultura, vitrofusión, y un largo etcétera de cosas entre las dos galerías.

La inauguración del Restaurant Casa Café, sirve de marco para abrir todos los espacios del Centro Comercial El Güire, en donde la música, el cine, las actividades con niños se desarrollarán desparramándose por toda La Asunción.

Estare informando del cronograma de actividades y demás detalles. Pero lo que es cierto es que ¡no se lo pueden perder!

martes 17 de junio de 2008

Renuncia

Me llegó el tiempo
de dimitir
de renunciar

entrego mis resistencias
mis miedos
renuncio a mi coraza
y mi espada

prescindo de mis máscaras
y disfraces
renuncio al verbo metralla
y a la trinchera
entrego mis heridas de batalla
la sangre derramada
y la sal de mis ojos
la que no te pertenece


me deshago de todos los vestidos
que protegen mis secretos
y me quedo desnuda
vestida solo con mi piel
tus manos y tu lengua

y me entrego

íntegra como si estuviera nueva
completa como si fuera antigua
renunciando a lo que fui
abrazando lo que seré.

viernes 13 de junio de 2008

Publicación de poemario









Anoche hicieron en la Librería del Sur de Playa el Angel, la presentación de varios libros publicados por El Perro y la Rana de autores margariteño y "navegaos". Entre esos libros estuvo el mío. Estuvieron los amigos acompañándonos y brindando. Fue emocionante y bonito. Gracias a los que estuvieron y a los que no pero que de algún modo si.

viernes 7 de marzo de 2008



Sospecho que pronto moriré. Todos vivimos, lo sé, bajo la certeza de la mortalidad y la gente utiliza todo tipo de estrategias para que cada respiración no cause la angustia del final que acecha. Lo que me pasa a mi es un poco distinto, o quizás sea igual para todo el mundo, no me atrevo a preguntar por ahí. Tengo la certeza de que muy pronto voy a morir y seguramente de forma violenta o por lo menos pintoresca. Todas mis vidas anteriores a ésta han sido cortadas por el mismo patrón. Y si, las recuerdo dolorosamente, por extraño que parezca. He vivido cientos de vidas y muy variopintas. He sido monje italiano y morí envenenado por un compañero de claustro. Fui cortesana francesa y me asesinó una mujer celosa. También aviador, extrañamente perdí la vida de manera tonta en la bañera de mi casa. Fui sirviente de un conde inglés y sufrí una horrible indigestión que me llevó a la tumba. Una vez fui pirata y morí de una enfermedad vergonzosa. He sufrido todos los males y pestes de la humanidad. He muerto de hambre, de frío, quemada en la hoguera, comida por animales salvajes, en accidentes de tránsito, accidentes domésticos, asesinatos, incendios, inundaciones, terremotos, tempestades, en manos de extraterrestres, de lunáticos antisociales norteamericanos y cuanta calamidad se le ocurra a la imaginación. Hasta he muerto latinoamericanamente de amor en más de una ocasión. Recuerdo cada una de mis vidas y particularmente recuerdo cada una de mis muertes. He practicado todas las religiones y cultos que los humanos hemos inventado a lo largo y ancho de la historia y la geografía. De hecho hasta creé alguna yo misma en alguna de mis vidas. He estudiado todas las filosofías. No me ayudó el estoicismo, ni el eclecticismo, ni el existencialismo, ni el materialismo, ni el New Age. Ni siquiera me ayudó la física cuántica. Nada de eso me ha servido de algo. Vuelvo a vivir y a morir con perfecta conciencia de todo, sin remedio y sin esperanza.

En esta vida soy cocinera en un famoso restaurante en una famosa isla del Caribe y para burlar mi destino en esta vida he decidido ser budista, iluminarme y evitar el interminable ciclo de reencarnaciones que solo traen sufrimientos y muerte. Alcanzar al nirvana de la no-existencia iluminada evita todos los sufrimientos, la idea distinta a la de la vida eterna en el cielo de los judeo-cristianos, quienes sugieren que sufriendo se llega al cielo. No entiendo como no se me ocurrió antes, pero no se si funcione. Ha sido difícil, pues lo he tenido que hacer en secreto. Nadie debe saber que hago 600 postraciones diarias, ni que repito mantras como lunática hablando sola, ni que cargo una mala amarrada a la muñeca. Casi siempre lo hago de noche, o cuando todos comen o duermen la siesta o hacen el amor. No me atrevo a ir al Tibet y hacer un curso intensivo, porque resultaría obvio. Estoy determinada a no volver a vivir. Es como cometer suicidio cósmico. Estoy determinada a burlar el destino.

El destino, más precisamente mi destino, está escrito. Todas mis vidas anteriores fueron escritas y ésta que estás leyendo, también, como es obvio. Mi destino lo escribe alguien que evidentemente no respeta mi derecho al Libre Albedrío y se divierte decidiendo en que situación ridícula me va a colocar en una determinada vida. No me puedo esconder. He hecho viajes increíbles escapando de mi destino, y solo se incorporan a la trama de mi vericuética vida, la de ese momento, haciéndola, para colmo más interesante y rica en giros imaginativos. Me he suicidado, y lo único que he logrado es facilitar el trabajo y añadirle dramatismo al asunto. He hecho cosas reñidas con las buenas costumbres y con la ética, he matado, he robado, mentido, gritado y pataleado, creyendo que con eso burlaba el curso de mi historia, para descubrir tristemente que ese camino que yo creía estar escogiendo, me llevaba a mi propio final. El final escrito.

Estoy sospechando que lo mismo me va a ocurrir con esto del budismo. A veces, recitando los mantras, me vienen a la mente fogonazos de estar cumpliendo un papel asignado. Que esta misión que me he impuesto con toda seriedad, no es más que otra historia. Cuando me siento a meditar y pongo mi mente en blanco, o visualizo alguno de los demonios protectores, la veo. La veo sentada escribiendo y sonriéndole a la pantalla de su computadora. Se que me descubrió. Se que está incorporando esta faceta de mi vida en la trama de la historia que está escribiendo. Me va a matar pronto. Y claro, de eso vive, es escritora. Y cada cuento que publica sobre mí, sobre mi vida y sobre mi muerte, le permite a ella seguir viviendo. Y escribiendo.

Ahora lo tengo claro. La única manera de morir definitivamente es que en este momento tú acudas en mi auxilio y dejes de leer ya.

lunes 28 de enero de 2008

Mala educación

Normalmente se pensaría (o por lo menos yo lo hacía) que con el pasar del tiempo, además de viejos nos “ponemos” conservadores. Claro esto es válido solo para aquellos que no son conservadores “de nacimiento”. Nada como la proximidad de la muerte (que en realidad siempre nos acompaña a la misma distancia desde que nacemos) como para que hasta el más librepensador, socialista, mente-abierta y loco, comience a pensar en los pecados, a tener miedos y remilgos y hasta se persigne de vez en cuando. O será como dice Luís Guillermo, pura flojera que da dar la batalla por cada pensamiento, se cansa uno. Y eso no tiene nada de malo. Solo me doy cuenta que mientras mas vieja me pongo mas empecinada soy y por lo tanto mas cansada también. Lo que me diferencia de la juventud es solo que ahora escojo mejor las luchas en las que adopto una posición beligerante. Una gran cantidad de veces, me río (o lloro) para mis adentros y lo dejo pasar. Una cuestión de tiempo disponible quizás. Cansancio puro, a lo mejor.

Y no voy a hablar de política ni de religión. Aunque me pican los dedos por hacerlo de vez en cuando. No lo hago porque mi posición al respecto es mía personal y como no tengo ninguna actividad (salvo votar o decidir no ir a la iglesia, y eso se decide y se hace íntimamente) en la que mi opinión tenga una posibilidad real de cambiar algo, prefiero que mi vida discurra en paz pensando lo que pienso y actuando en consecuencia sin dar demasiadas explicaciones. Estos temas, además se relacionan muy de cerca con las creencias y las creencias, como los actos de fe, me son cuesta arriba, no las entiendo del todo. Lo que me ocupa es la educación. Concretamente, y para no hablar por los demás, de la educación de mis hijos.

Recuerdo siempre los comentarios que me hacía mi ex-suegro (si es que esa figura existe), es decir, uno de los abuelos de mis hijos. El me decía que antes, criar muchachos era más fácil. Ellos tenían que obedecer y punto, y si no, un golpe bastaba para que se entendiera quien era el que mandaba. Los muchachos no hablaban en la mesa (mi abuelo materno también decía eso). Sostenía que yo hacía mal razonando tanto con ellos, los estaba malcriando, según él. Quizás tenía razón. Es mucho más fácil controlar a un muchacho que educarlo. Es más fácil soltar el golpe que dar una explicación (que probablemente tengas que repetir hasta que le salgan callos en los oídos). Es más fácil exigir, que dar.

La escuela de mis hijos es un vivo ejemplo de eso. Ellos estudian en una escuela privada (es decir yo les pago mensualmente el equivalente a un sueldo mínimo) que intenta todos los días que seamos nosotros los que hagamos su trabajo, supongo que así les sale mejor el negocio. Su idea de educación se parece más al adoctrinamiento religioso, o a la domesticación de animales que al objetivo de que el niño aprenda (y disfrute haciéndolo) cosas que le van a ser útiles para vivir la vida. Y yo estudié en un colegio muy similar, solo que dimensiones infinitamente superiores (por el tamaño, que no estoy haciendo valoraciones de calidad). Era un colegio enorme de 45 niños por aula y cinco aulas por nivel. Estudiaba además con hijos de ministros y eso me ponía el rasero social (léase económico) muy alto. Siempre fui la rara. Mis hijos son raros también. De tal palo tal astilla.

No entiendo por ejemplo, que en pleno siglo veintiuno, sigan exigiéndoles a los niños que parezcan “hombrecitos”, es decir que tengan el pelo corto y jueguen juegos de niños. Y a las niñas que se arreglen pero poquito, se les permite reflejos en el pelo, brillo en las uñas, tres pulseras y un collar, pero no más. Tienen que parecen mujercitas, pero no hay que exagerar. Que en Margarita, que hace un calor horroroso, se imponga a las niñas “mayorcitas” un pantalón de plástico (esos de cajera de banco) con tachones y amplios para que “no se les vea la forma del cuerpo” (y eso es una cita literal). Lo mas increíble es que también tienen que llevar medias blancas hasta la rodilla para que cuando se sientan no se les vea un centímetro de piel que genere malos pensamientos. Y zapatos negros hasta por dentro, para que no se les escape ni un ápice de luz. La regla llega tan lejos como para impedir que un niño haga uso de su derecho (humano) de estudiar por no parecer un estudiante de ese colegio en particular. A mi me da entre risa y ganas de llorar la cosa. Entiendo el esqueleto del razonamiento que conlleva a esas reglas. La adolescencia es una etapa terrible. Los niños hacen competencia con la ropa y se miden por las marcas y costos de los accesorios que llevan un poco copiados de las películas gringas esa en que las niñas populares son porristas y catiras y los muchachos bellos futbolistas. Los estudiosos son “nerds” y rechazados. Pero llevar las reglas hasta ese extremo le otorga una excesiva importancia a la apariencia. Mucho al Este ya es el Oeste diría Tadeo. La vida monacal para controlar el pecado. Lo reitero, es mucho mas fácil imponerse que educar. Reglamentar que dialogar. Después de todo, las reglas, así como las leyes sirven sólo para obligar a la gente a hacer las cosas “bien”. Es una cuestión de forma y no de fondo, lo cual, en mi opinión se opone directamente a los objetivos de la educación (al menos los objetivos que tengo yo en mi cabeza). ¿Amaestramos pulgas o enseñamos ética a los niños?

Es increíble, por ejemplo, que en ese colegio se considere un deber de los niños, inspirar y motivar a los profesores, pues ellos dedican sus vidas a soportar los desmanes de una horda de adolescentes inquietos. Yo, en mi infinita ingenuidad, entendía que era al revés. La matemática no es divertida así nada más, es el profesor el que puede hacerla divertida usando estrategias que yo, inocentemente creo que estudió en la universidad. Si el niño no entiende la matemática es definitivamente, según el colegio, culpa directa del niño (por no poner atención o por bruto) e indirectamente de sus representantes (por no practicar matemáticas a las nueve de la noche con ellos o porque no saben matemáticas, por irresponsables), nunca del maestro que no sabe llegar de diferentes maneras a sus alumnos y hacerlos entender, que en definitiva si es su trabajo. La ley de educación que obliga al maestro a repetir un examen si mas del 50% está aplazado, es una vil violación a los derechos del maestro, pobrecito, que tiene que repetir un examen solo porque los niños son flojos o hacen conflagraciones en contra suya para hacerlo trabajar de más. O peor aún, es un atentado contra la economía de los dueños del colegio, pues tienen que ingeniárselas para no pagar horas extras para rehacer los exámenes que los chicos, con tan mala intención decidieron no pasar.

Es también dolorosamente inquietante que los niños sean promediados y se les exija un mínimo de rendimiento (que deciden ellos), que invariablemente requiere que uno firme un “acta compromiso” en el que necesariamente (y explícitamente) los estudiantes requieran profesores fuera de las horas de clases: lo que llaman “clases especiales”. Es decir, uno paga un colegio que no puede enseñarle a sus hijos lo que los profesores particulares (a los que tambien hay que pagar) si pueden. Lo miran a uno con desdén cuando uno se conforma con que el niño sea “promedio” y defienda su felicidad por encima de un futuro promisorio como abogado de la República y hacen que uno firme de nuevo un acta compromiso en la cual consta que uno no quiere que su hijo haga tarea hasta las nueve de la noche, porque (hippie y loco somos) deseamos que los niños tenga un rato para estar en familia, jugar, bañarse y comer.

Es común también, que cualquier desviación de lo que los educadores consideran un comportamiento adecuado, sea tildada de criminal y “malandricen” con una facilidad horrorosa a los chamos. Eso viola cualquier tratado de Programación Neurolinguística y en todo caso, solo me parece que estimula a los chamos a comportarse según las etiquetas que los mismos profesores les endilgan.

Es un trabajo interminable. Los niños llegan del colegio (que yo pago, repito) a desmontar pieza por pieza lo que durante el día fue impartido como educación. A tapar los huecos que constantemente dejan abiertos y enseñarles cosas que creía que aprenderían. Yo diría que deseducar a mis hijos, es mi principal labor y lo mas triste es que pago por que los eduquen. Y sueño con una educación abierta, bonita, divertida, realmente formativa, no competitiva, respetuosa de las diferencias y con la mayor libertad posible. Una educación que realmente sirva para vivir y para hacer del mundo un sitio mejor. Soñando vivimos. Soñando y haciendo lo mejor que se puede. ¿Verdad?
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lunes 24 de septiembre de 2007

La belleza: en el espejo de la bruja


Según el pequeño Laroussse es “armonía física o artística que inspira placer y admiración”. Es un concepto que todo el mundo conoce. Una idea universal con una muy limitada aplicación general. La belleza, y eso todo el mundo lo sabe, es un concepto cargado de subjetividad. Como casi todo. No se puede medir, no tiene leyes generales que la rijan, no hay acuerdos que vayan más allá de la visión personal, aún cuando haya patrones generales de belleza modelados por la cultura y el tiempo. En tiempos de Rubens las gorditas neumáticas eran sexys. En China era bello tener pies pequeños y deformados. Hoy en día es bella quien parece una flaca prepúber.

¿A que viene todo eso? Hace unos días fui a un salón de “belleza”, una peluquería, pues. Debo aclarar que no fui a cortarme yo el pelo por las razones que expondré mas adelante. Mi hijo necesitaba un corte de pelo, pues en su colegio no es aceptable que un varón tenga el pelo largo, deben tener corte de “hombrecito”…hablando de subjetividades. En pocos lugares me siento más fuera de lugar que en una peluquería. Me siento como una traidora a mi género. Miro a mí alrededor y veo mujeres de pelo ensortijado planchándoselo, mujeres de pelo liso haciéndose la permanente. Maquillajes increíbles, uñas acrílicas con paisajes miniaturas. Disfraces, muchos disfraces. Hombres que se disfrazan de mujeres. Mujeres que se disfrazan de las mujeres que no son. No me siento mujer en una peluquería. Las peluqueras me miran con condescendencia. No entienden porqué no me hago “algo” en ese pelo loco mío, que le falta “estilo”. Y es que le tengo pavor a los disfraces. A esos que no se usan para divertirse en una fiesta, sino los que se usan para la vida cotidiana. Me horroriza incluso la idea de vestirme “elegante” para una fiesta, ponerme tacones y rimel, medias panties y laca en el pelo. Me angustia mirarme en el espejo y no reconocerme. Loqueras mías, supongo.

Como iba diciendo, estaba yo sentada en la peluquería esperando que se desocupara alguna de las seis peluqueras, para que atendieran a mi hijo, que por cierto se sentía vejado por tener que cortarse el pelo para satisfacer una regla discriminatoria y ridícula de su escuela y soltaba unos lagrimones tristísimos. Reflexionaba sobre el esfuerzo diario que hacen montones de mujeres (y algunos, cada vez más, hombres) para ser bellos. Horas en el gimnasio, no por la salud, sino para eliminar la celulitis y las revolveras, endurecer glúteos, abdominales. Sacrificios increíbles en cuanto a la dieta, cero placer de comer, medir calorías y tomar pastillas diuréticas (con las que pierdes agua y no grasa, un espejismo a la hora de perder peso), pastillas laxantes (que incrementan la velocidad del tránsito intestinal, disminuyendo así la posibilidad de que los alimentos se absorban) que dan dolores de barriga y diarrea. Los desórdenes extremos como la anorexia y la bulimia. La locura de estar flacos y no necesariamente saludables y felices. El maquillaje y los “trucos” de belleza que proclaman las revistas femeninas. Como hacer para que los ojos te luzcan mas grandes, la nariz más pequeña, la piel más tersa. El último grito de la moda en cuanto al pelo, los tonos que se llevan, la textura adecuada, el largo permisible. El modo de vestirse, los accesorios, como hacer para que combine la cartera y los zapatos, además del celular. Los tratamientos de belleza, los masajes reductivos, la dermoabrasión, los peelings, el levantamiento de glúteos, la gimnasia pasiva, la inyección de una neurotoxina para evitar las líneas de expresión (y la expresión). Y últimamente, las medidas “rápidas” quirúrgicas: los implantes de seno, de glúteos, la lipoesculura, la rinoplastia, los lifting y pare usted de contar de la cantidad de cosas que se hacen en un quirófano para hacer a los cirujanos plásticos más ricos y a las mujeres y hombres más plásticos y menos ricos.

Es un esfuerzo agotador, tanto de tiempo como de dinero, ser bella. Y definitivamente genera muchísima angustia. No puedo evitar las preguntas. ¿Bella para quién? La belleza, según un dicho muy conocido, está en el ojo de quien la admira. ¡Qué difícil debe ser complacer a ese gentío! ¿Bella para qué?, esta es una pregunta con truco. Las mujeres bellas (y hablo de mujeres, puesto que soy una, no me atrevo a afirmar algo así con los hombres), según la sabiduría popular, consiguen más cosas más fácilmente. Consiguen marido (si están buscando uno), consiguen sexo (si ese es el objetivo), consiguen trabajo (se busca secretaria o ejecutiva de ventas o vendedora con excelente presencia), consiguen la envidia de las adversarias, consiguen admiración de mujeres y hombres, consiguen mejores notas en la universidad (siempre y cuando no se les aplique el prejuicio de “cabellos largos ideas cortas”). La belleza, parece ser el vehículo social (que nos lleva exactamente a ¿Dónde?) y a mí, sinceramente, me cuesta mucho vivir en un mundo así.

A pesar de todo eso mi esposo suele decirme que soy bellísima. Y a mí eso me da un poco de risa. En parte es una risa de placer, pues estoy muy clara que es que él me ve bella, lo cual está muy asociado al amor (uno quiere a sus hijos y no importa lo feos que sean son siempre bellos para uno). Pero también me río porque no encuentro mérito en ello. Yo no he hecho nada por ser bella (o porque él me vea bella, en realidad), no invierto ni mucho tiempo ni dinero en serlo o parecerlo, ni tuve participación en la configuración de genes que resultan en mi configuración física. Es una risa incómoda, pues no me gusta la idea de que la mayoría de la gente se juzgue por el empaque, que lo que se parece que es sea más importante que lo que verdaderamente se es. Cuando las circunstancias me obligan, y me maquillo (aunque sea solo una rayita en el ojo y un poco de brillo en los labios), siento que estoy haciendo una concesión, que me estoy disfrazando, que estoy ocultando quien soy verdaderamente para mostrarle al mundo otra Anne-Marie, una que parece ser bella.

¿Quién fija los patrones mediante los cuales se juzga la belleza? ¿Por qué la belleza es forzosamente asociada a la juventud? Si volvemos a la definición del Larousse (pequeño no es), la belleza debe producir placer. ¿Produce placer tener que hacer tanto esfuerzo para parecer algo que no se es? ¿Qué tanto dice la apariencia externa de quienes somos verdaderamente en nuestro interior? ¿Importa eso realmente? Pienso en lo ridículamente reciente que son los movimientos de la supuesta “liberación” de la mujer (hace menos de 50 años todo esto era impensable), la adquisición de voto, de participación pública, la independencia económica, la posibilidad de decidir cuántos hijos tener. La adquisición de esa cantidad de libre albedrío ¿la usaremos para decidir cuantos cc nos implantamos en los senos? ¿Cuántas horas de gimnasio para reducir los cauchitos? ¿Qué marca de rimel usaremos? ¿Cuánto debemos pesar? Me da un poco de dolor pensarlo, pues seguimos esforzándonos para complacer patrones de belleza impuestos por ¿Quiénes?

En las encuestas que he hecho a los hombres respecto a esos temas, no encuentro casi ninguna pista. A la mayoría de los hombres que he encuestado no le gustan las mujeres demasiado flacas, prefieren cierta cantidad de redondeces y curvas. Los pelos tiesos de productos químicos de peluquería, ni siquiera los ven. A algunos de plano no le gustan los senos falsos. Ni el exceso de maquillaje, ni la ropa excesivamente adornada. Hay quienes desean tener una mujer-trofeo a quien exhibir a su lado, básicamente para impresionar a sus amigos y demostrar lo efectivos que son a la hora del levante. Pero no están muy interesados en las personas que son esas mujeres, sirven mientras son bellas. ¿Estamos interesadas en una relación así?

Sospecho que belleza es una auto-imposición. Y creo que por ahí va la cosa. El ojo que más duramente nos evalúa y nos compara con un “ideal” de bellezas tipo cosmopolitan, es nuestro propio ojo. Tenemos en casa nuestro propio espejo de la bruja de Blancanieves diciéndonos “quien es la más bella del reino” y nunca pasamos la prueba. Todos los días nos lavamos la cara, nos cepillamos los dientes, hacemos todas esas pequeñas rutinas que nos caracterizan y salimos a la calle a vender nuestra belleza, a sufrir por la falta de ella o a trabajar incansablemente para obtenerla.

¿Quién metió detrás de nuestros ojos-espejos la idea de que ser bellas es de tal o cual manera? ¿El que vende maquillaje? ¿Las peluqueras? ¿Los vendedores de revistas femeninas? ¿Los fabricantes de ropas para flacas? ¿Hollywood? ¿E-entertainment television? ¿Por qué atendemos a patrones externos y nos odiamos un rato cada mañana en el espejo? ¿No sería maravilloso comer una buena comida sin sentir culpa, que te miren sin maquillaje y te reconozcan, desnudarte con la luz prendida sin sentir vergüenza por tus hoyuelos de las nalgas, no tener cicatrices auto-infligidas?

Y vamos a estar claros, es inevitable envejecer. De eso podemos estar seguras, a pesar del botox, de la silicona, del colágeno, de todas la liposucciones, lifting y correciones que se nos ocurran, eventualmente envejeceremos. No podemos parecer de quince hasta los sesenta. Y cuando se intenta, se nota y denota el miedo pánico que tenemos a ser viejas. Y nos inventamos una juventud falsa. Cuando perdamos esa belleza asociada a la juventud ¿Qué vamos a hacer? Si todo lo que tenemos para ofrecer es nuestra belleza joven, cuando seamos viejas ¿Quiénes seremos?

Yo quisiera creer que alguien es bello cuando se siente cómodo en su propia piel, sin hacer demasiadas concesiones ni sacrificios. Que puede sonreír confiado y amar a plena luz sin temer a ser juzgado. Que se mira en el espejo y ve a su propia persona, no un artificio inventado, superpuesto y plástico. Que tiene mucho que ofrecer desde su interior, que más que parecer, es. Finalmente la belleza tiene que ver solamente con el concepto que nosotros tengamos de nosotros mismo y ese es el ojo inspirado al que se refiere el pequeño Larousse. De no ser así, el esfuerzo es titánico e inútil.

viernes 24 de agosto de 2007

Corazón sembrado



Me salió regaño. ¿Cómo es posible que no esté en tu blog el poema del corazón? Me preguntó Ingrid, como portavoz de algunas personas que quieren leerlo.
Aquí está, amiga, para ti y para todos los que buscan y encuentran.



Enterré mi corazón
lo sembré lejos
en tierra árida
seca
estéril
lo enterré para no oírlo cantar
para que me dejara de doler
no escucharlo susurrar
cosas inquietantes

lo escondí
para corregir su manía
de enamorarse intensamente
apasionarse por lo absurdo
abrazar a la locura
coquetearle desvergonzado
a la vida

y así quedo mi pecho

hueco

con el espacio perfecto
del tamaño exacto
de mi corazón
una piedra lisa y fría
se instaló en su lugar
la sensación absurda de no ser
no me dejó respirar

Volví,

era obvio que tenía que volver,
a buscar mi corazón sembrado

lo encontré en una selva,
florecido
contagiando al desierto
de su lujuria verde
apasionando de humedad
a la arena seca
cantando historias imposibles
amando sin remedio a las lagartijas

me senté a su lado
acaricié su flor inaudita
y entendí

por fin entendí
para que sirve el corazón.

Septiembre 2001

jueves 19 de julio de 2007

40

Hace unos días cumplí 40 años y siento algo así como la necesidad, obligación o simple parejería de escribir al respecto. Mi llegada a la edad mediana, la mediana edad o lo que sea me ha tomado por sorpresa. Supongo que es igual para todo el mundo, pero como mi vida es una experiencia mía e intransferible, me sorprendo como solo yo lo hago. Es decir, lo hago con mi propio cuerpo y mente y si me apuran y me presionan también el alma, aunque no haya descubierto donde se aloja esa escurridiza. Si no existieran los espejos y uno anduviera con gríngolas por la vida, observando todo como a través de un tubo, el tiempo no tendría mayor importancia, por lo menos en lo que respecta a la percepción de uno mismo. Quizás lo notaríamos eventualmente cuando subimos la escalera muy rápido o cuando empezamos a estirar el brazo para leer. Eso si no tuviéramos hijos, porque tener hijos resulta el reloj más poderoso que se nos haya ocurrido inventar, por los horarios implacables primero y por los cambios sustanciales y rápidos que se suceden ante nuestros asombrados ojos, segundo y para siempre.

Siempre me pregunto como es que habitando un cuerpo que cambia tanto a lo largo del tiempo, seguimos siendo los mismos. Desde un punto de vista filosófico ¿una oruga es lo mismo que una mariposa? ¿Una larva acuática carnívora es lo mismo que un mosquito tomador de savia? Me temo que no y seguimos insistiendo en ser “nosotros mismos” durante toda la vida sin tomar en cuenta la metamorfosis que constantemente estamos viviendo, aunque no tan dramática como la de los insectos, es verdad.

Cuando era niña mi conciencia del “mimisma” era ilimitada. Me fundía en el mundo como si yo fuera una media que se pudiera voltear a cada rato. Yo era lo mismo que mi mamá, o mi perro. Jugaba muy en serio y la vida y el juego no se diferenciaban, yo era un árbol, un pájaro o un tigre con una facilidad que solo se puede calificar de infantil. Con el tiempo me hice conciente de que era persona. Yo creía, de verdad lo creía, que era solo persona, o bueno, personita, están bien. Mi mamá solía decir que muchacho chiquito no es gente, quizás tenía razón.

Cuando tenía seis o siete años y descubrí que había diferencias sustanciales entre niñas y niños, me sentí estafada. No comprendía muy bien como era que esa culebrita lánguida entre las piernas podía ser tan poderosa, pero lo intuía. Y por supuesto quise ser niño, un deseo nada original por lo que he oído. A mi hermano no le ponían zapatos de patente ni faldas incómodas. A él lo dejaban martillar y montarse en los árboles, jugar con el perro y ensuciarse. Caerse a puños con el vecino y hacer excursiones a la selva. La vida de los niños era más interesante. Y claro que estaba mi papá. Mi súper papá que viajaba con nosotros por toda Venezuela enseñándonos geografía y ecología. Construía un clavecín y nos hacía cosquillas. Era un gran científico que iba al Amazonas y descubría cosas maravillosas. Yo definitivamente quería ser niño para ser un hombre como mi papá. Hice que mi mamá me cortara el pelo, me inventé un perro imaginario con quien ensuciarme de lo lindo, me convertí en una disidente por defecto a todo lo establecido y a falta de experiencias más intensas me dediqué a leer. Con eso solo logré saber más, querer leer más, adquirí la certeza de que la vida es “algo más”, pero no convertirme en varón. Seguí siendo la niña flaca y despelucada de siempre. Hasta que me desarrollé.

Me desarrollé tarde. Cuando todas mis compañeras del colegio ya ostentaban pechos, nalgas y novios de mujer chiquita, se saltaban las clases de educación física porque tenían la sangre mensual, yo seguía siendo el ratón esmirriado, flacuchento y desteñido de la infancia. No les tenía envidia. En algún lúcido lugar de mi profunda ignorancia sabía que el día llegaría y que mientras más tarde mejor. Ya empezaba a sospechar, no tenía muchas ganas de convertirme en mujer por razones que todavía no entendía del todo.

A los 15 años, tres días después de mi cumpleaños, un domingo pesado y caliente, finalmente supe que el día había llegado. Perdí un poco la inocencia ese día. La mancha roja en mis pantaletas de ese primer día, parecía a una flor. Nada más lejano de la realidad. Ya te fregaste, te hiciste mujer, fue el comentario de mi mamá cuando se lo comenté. Cuando leí acerca del ciclo menstrual en libros un poco más serios, aprendí que las paredes uterinas se desprenden mensualmente, luego de engrosarse esperando un embrión. Interpreté a mi modo un poco infantil, que las mujeres tenemos una herida en el centro del cuerpo que sangra todos los meses porque no termina de sanar. Todo me pareció un misterio en aquel momento, me lo sigue pareciendo.

Mi cuerpo, por supuesto, cambió. Mis pechos se convirtieron en unas protuberancias volcánicas, pequeñas, cónicas (cómicas), desafiantes. Mi pequeña cintura alojaba un ombligo largo que parecía el ojo de una cerradura y terminaba enmarcada por una cintura de curvas absurdas. Mi trasero se transformó en una esfera altiva, un pedazo de redondez asombrosa. Me sentía incómoda con mi cuerpo, no terminaba de encontrarme entre sus curvas. Pero mas me incomodó lo otro, el cambio en las miradas. Las miradas de los hombres eran distintas, percibía algo animal en ellas que no comprendía. Una tarde, estando en el automercado con mi mamá sentí que alguien me miraba por la espalda, era una mirada intensa, pues la percibí antes de voltearme. Cuando lo hice, vi un hombre mirándome las nalgas de una manera tan intensa que sus ojos parecían mas bien manos tocándome sin yo permitirlo. El miedo a esa mirada fue tan animal como la mirada misma. Esa noche soñé que el hombre me perseguía con un cuchillo y me cortaba las nalgas como quien le corta los cachetes a un mango y se las comía, chorreando en sangre, goloso.

Cambió mi cuerpo ¿yo cambié? Está claro, bueno, más o menos, que no soy el recipiente que me porta. Que no hay que confundir el mensaje con el mensajero, que como dice mi hijo Mateo, filósofo natural, uno es lo que está dentro de esa caja que llamamos cuerpo. Pero cambia el cuerpo y uno cambia también. ¿Y si la cosa fuera como con los insectos? ¿Recuerda la mariposa que fue oruga? ¿Las experiencias de la larva acuática le sirven al mosquito para vivir? Los psiquiatras no tendrían de que comer si no fuera así. Hay un hilo conductor, una continuidad del ser que hace que seamos capaces de recordar olores, colores, instantes como fotografías de la infancia, como si a pesar de tanto cambio en esencia fuéramos los mismos. Será la mente, será la conciencia, será el alma, eso se lo dejo a otros para resolver, yo sigo en lo mío.

Que confusa es la etapa reproductiva. Y aclaro, por si acaso, que aún mi cuerpo insiste lunáticamente en que sí puedo ser madre de nuevo. Repite y repite ese ciclo equivocado de fertilidad mensual que ¡que cantidades de dolores de cabeza nos trae! Mi útero hace nido y yo le hago caso omiso, gracias a mi solidario esposo que se hizo la vasectomía y el sexo por fin es una fiesta sin mayores precauciones ni sustos. Es mi alma (o mente o conciencia) la que no quiere. La etapa reproductiva es demasiado larga, comienza muy temprano y se extiende más allá de lo razonable, por lo menos en lo que a tener hijos respecta. El sexo en ese período se convierte en motor y búsqueda. En una edad en que no se entiende nada, ya nuestro sexo anhela fundirse, quemarse, con el objetivo biológico de procrear, con el objetivo inconciente de completarse, con el objetivo concreto de gozar. Y cómo tarda la experiencia en darnos las satisfacciones buscadas, en cuanto al disfrute, porque en cuanto a la procreación…nos toma por sorpresa aún cuando sea racionalmente calculada.

Tanta tontería y tanta importancia que le damos al cuerpo en esa etapa. El atractivo sexual es primordial. La mirada a través de la mirada del otro. La celulitis está prohibida, cualquier redondez inapropiada es execrable, las tetas deben ser perfectas y erectas. Yo rogaba avergonzada por la luz apagada y me miraba de reojo en el espejo (aún lo hago, la fuerza de la costumbre) para no ver de frente lo que me hacía arrugar el entrecejo (execradas las arrugas también). Lo pienso ahora y me atraganto de la risa. No se si será una adaptación biológica a lo que es del todo inevitable, a pesar del Botox, el silicón y cuanto pereto se nos ocurre implantarnos, plancharnos o suprimirnos. O es simple resignación. Lo cierto es que a los cuarenta la celulitis no me importa (no tanto como a los 20 cuando no tenía), las tetas son como son, la curva de la felicidad (la lipita) es exactamente eso, de felicidad y las arrugas la constancia de que uno se ríe. Como chocolate sin culpas y hago el amor a plena luz.

Sin embargo en aquel entonces todo eso si me preocupaba, pero no tanto. Para mí más importante que eso seguía siendo ser como mi papá. Ya no estrictamente a lo que el género concierne, sobretodo después de la tremenda traicionada que nos echó. Pero si en relación a la independencia, capacidades intelectuales y posibilidades de la aplicación del libre albedrío. Me dediqué esforzadamente a aprender el sexo y a diferenciarme de mi mamá, a quien consideraba víctima de una vida autolimitada. Me fui de mi casa, estudié exitosamente una carrera universitaria, me casé (y me descasé varias veces) y tuve hijos. No en ese orden, para el dolor de cabeza de mi familia, amante del orden socialmente correcto. Pero como el orden de los factores no afecta, demasiado, en desenlace es más o menos la historia de siempre.

La maternidad es otro de los temas inevitables en la metamorfosis que es doloroso y sorprendente. Tengo dos hijos, una bella morena de casi 14 años y un catire dorado de casi 10. Tener hijos es lo más definitivo que he hecho en mi vida. Es el verdadero “hasta que la muerte nos separe”. Ha sido fuente de conflicto permanente (conmigo misma), de pequeños placeres cotidianos y amor intenso. De asombro continuo y un caudal infinito de necesidades que suplir. Perdí mi unidad como persona cuando di a luz a Zoé. Fue como perder un brazo, y que ahora anduviera caminando por ahí, viviendo su propia vida. Nunca he vuelto a ser una persona completa desde entonces. Gané sin embargo, un ancla y un centro. Suelo decir que estaría loca de remate si no tuviera hijos, caminando descalza en quien sabe que desierto. Ya cuando llegó el segundo, Mateo, había perdido todo lo que había que perder y todo fue ganancia si exceptuamos lo económico (que caros son los hijos). Sin embargo, el amor ganado es la mayor de las ganancias (y que valga la redundancia), a pesar de las pérdidas, como dice Manolito.

Ahora los niños están grandes, he ido y venido en grandes y pequeños amores, la gravedad ha hecho su trabajo en más de un aspecto, me he reído (y he llorado) bastante, por lo que el botox podría ser, según algunas personas allegadas, necesario (a mi eso me da mucha risa, cosa que no contribuye). Comienzo a necesitar lentes para la presbicia y las canas poblaron mi cabeza. Tengo cicatrices por haber vivido y parido. Ya no peleo como si en ello se me fuera la vida. He dejado un trabajo intelectualmente satisfactorio por uno de sustos y libertades que me hace feliz. Estoy viviendo la maravilla asombrosa del amor grande, maduro y recíproco. Tengo una tercera hija que no parí yo pero que añade un extra de locura y cariño a la casa. Tengo un perro con el pelo al revés y un gato cariñoso. Vivo junto al mar. Y tengo 40 años.

¿Sigo siendo la misma? Si y no. Ya no quiero ser hombre, y menos como mi papá que vive lejos de su gente huyéndole a los fantasmas que él mismo construyó (los fantasmas se metieron en su maleta y viajaron con él). Sigo queriendo diferenciarme de mi mamá, queriéndola mucho, ya no por las mismas sinrazones, simplemente por cariño y porque soy distinta a ella. Sigo siendo desordenada (pero ya no siento tanta culpa por ello). Sigo odiando las labores domésticas. Me tiño las canas porque una dosis de contradicción no es mal de morir y es signo inequívoco de que se está vivo. Sigo fundiéndome con la brisa y con el árbol, con el tigre y la sal del aire cuando quiero, pero ya con conciencia feliz de saber exactamente quien soy. Sin confusiones ni luchas.


Me estoy poniendo vieja….gracias a dios.

jueves 14 de junio de 2007

Nocturno marino


Esa noche dormíamos, enredadas las piernas, cabeza con cabeza, las manos en las manos, cansados luego de un día de sol y playa. La falta de luz eléctrica nos llevó a la cama temprano, arrullados por el sonido del mar. Yo me levanté, pues el viento aullaba con fuerza, parecía estarme llamando. Salí de la casa sin despertarlo y me sumergí en el terciopelo de la noche, negra sin luna.
Me paré en un muro de piedra que había en la costa, abrí los brazos y la boca, cerré los ojos. Casi podía apoyarme del viento que me golpeaba de frente, no escuchaba nada sino el aire soplando a toda velocidad en mis orejas y las olas rompiendo con ganas a pocos metros de mí, dejando dentro de mi boca un poco de sal. Así estuve un rato, casi volando, cuando un ligero roce tibio me devolvió a la realidad. Una respiración en mi nuca, una humedad en mi oreja. Una mano firme en mi cintura, otra en mi pecho. Reconocí el olor de su aliento, las huellas de sus manos, pero no me volteé, solo me recosté de él, que me abrazaba por detrás besándome el cuello con toda la cara. Así estuvimos un rato, yo con los ojos cerrados y él acariciándome con suavidad y parsimonia. Me susurraba cosas en el oído, bajito, ininterrumpidamente como una catarata chiquita, no entendía las palabras, el viento se las llevaba rápidamente, pero su dulzura se me pegaba a las orejas. Me quitó la dormilona que tenía puesta, quedé desnuda. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, en parte por el viento que me daba frío y en parte por la anticipación. Sus manos dejaron su paseo azaroso y sin prisa y comenzaron una exploración más urgente, buscando, tocando, vibrando siguiendo el ritmo implacable de las olas rompiendo en la orilla. Las piernas dejaron de sostenerme, estaba anclada ahí entre el viento frío y su cuerpo tibio. Me sujetaba con firmeza, no me dejaba tocarlo ni voltearme, así que me dejé llevar. Una mano en mi cintura y la otra en mi hombro, me obligaron a inclinarme hacia delante. Su talón entre mis piernas, hizo una señal para que se abrieran. Sentí su sexo como un pez caliente entre mis nalgas, resbalando, buscando entrada. Me sujetaba por las caderas con fuerza y yo repetía el vaivén de las olas, como bailando. Mis senos temblaban, mi cabello volaba y las olas, las olas repetían y repetían su vaivén hipnótico en resonancia conmigo. El tiempo se convirtió en una espiral luminosa y conspiró con nosotros sumidos en esa danza al son del latido del universo. Luego la caída, el vértigo y el silencio palpitante. Cuando volví en mí, estaba acostada en la arena al pie de la muralla, completamente mojada y desnuda, salpicada de infinitas gotitas de agua de mar, dentro de las cuales nadaban pequeños granos de arena y sal. No encontré mi dormilona, seguramente habría volado. El no estaba.
Cuando volví a la casa, ahí estaba, tranquilo, desnudo sobre las sábanas, dormido, sin la más mínima señal de haber estado a la intemperie. Solo la sonrisa de gato satisfecho lo delató.

martes 22 de mayo de 2007

Animal domesticado



Soy un animal domesticado

aun de vez en cuando
siento llover la selva dentro de mi
tengo la urgencia de la cacería nocturna,
cazar o ser cazada

quiero crecer como los árboles
y estirar mis ramas hasta el cielo

hacer fotosíntesis
cantar como un pájaro antes de que amanezca

reptar como culebra cuando hace calor
volar al azar como mariposa

comer hojas tierra flores
o sangre.

Soy un animal domesticado
todos los días soy como me esperan

pero aún
como los gatos
no olvido

me rebelo

me desnudo de mi sonrisa de concreto
y de vez en cuando le canto a la luna
llorando su ausencia

como un animal salvaje.

Marzo 2001

Autorretrato


Soy mujer

pecho al este
pecho al oeste

vientre sembrado
y cosechado

sexo de abismo y misterio

soy mujer

depositaria de conciencia
individual
y colectiva

actual
y ancestral

poseedora del fuego
que cura
del hielo
que quema

soy única
y a la vez
todas las mujeres del mundo

soy madre
no siempre buena

soy niña
de canas y arrugas

soy compañera
a veces solitaria

soy puta
sin paga y a la espera

soy bruja
milenaria hechicera

Soy mujer
y estoy empeñada

en no perderme en mi herida
que sangra con cada luna llena

en seguir en este viaje
con los pies desnudos
sobre la tierra

sigo intentando
mirar de frente

ver mas allá
pasearme por dentro
ser valiente
poder llorar en paz

soy mujer
algo mágico parece

y aún así
dentro de mi
soy persona

¿solo persona?

soy sangre hueso carne
células inquietas
moléculas complejas
átomos simples

sin madre ni sexo

carbono
hidrógeno
oxígeno
soy el espacio infinito entre ellos

solo soy
como dijo un loco un sabio o un niño
polvo de estrellas.