jueves, 25 de junio de 2009

Sin esperanzas




Imagino que ya se habrán dado cuenta de que estoy deprimida. No me voy a poner aquí a detallar las razones (y menos aún las sinrazones) por las cuales lo estoy sino más bien describir algunos descubrimientos en este proceso. Estar deprimida me ha obligado a mirarme con lupa, y las lupas no son generosas con lo que muestran. De hecho hasta deforman un poco la “realidad”.
Mi tristeza me genera un monólogo interno constante que llega a ser fastidioso. Es como tener a una quejica llorona y miedosa metida adentro y no poder exorcizarla. La depresión se parece a un claustro monástico. Solo que Dios no existe o me ha abandonado, que al final es lo mismo. La depresión es atravesar el infierno, como ya lo dije antes. Y lo peor de todo es que la depresión genera culpa. En uno mismo y en los que nos rodean, cosa que no ayuda, por supuesto.
Lo bueno de haber tocado fondo y el fondo que yo he tocado es como de limo y no parece tener a su vez fondo sólido (me recuerda el fondo de una laguna en la que me bañé en alguna vida en el Delta del Orinoco), es que tuve que pedir ayuda. Y pedir ayuda me ha salvado. Ese instante de agarrar el teléfono, (al darme cuenta de que tengo semanas que no salgo, que no quiero ver a nadie y que miro la pantalla de la computadora como si me fuera a dar una respuesta), y llamar a mi amiga del alma y llorarle, moquearle y contarle lo que me pasa, me salva de la más pavorosa de las sensaciones de la depresión: la soledad. En ese acto que denota (diría Bryce Echenique) unas enormes ganas de vivir, conjura de golpe toda la soledad y la convierte en puente. Se rompe el pudor, que es el escudo de los deprimidos, y lo que sale es dolor puro. Y el diagnóstico, claro, ni lo necesito. Estoy deprimida. Mi amiga desde el otro lado del teléfono, me sirve de terapeuta, aunque es mucho más que eso. Es como mi hermana, esa que escogí en la vida. Un ser a quien me une un amor grandote y viejo. Hemos vivido muchas cosas juntas, incluso de lejos, pero siempre juntas.
Ahora, a pesar de Platón, mis mañanas tienen un color rosado intenso y comprimido. Que me perdone Marinoff. Que me disculpen la religión y todos los libros de autoayuda sobre el planeta. Me estoy reconciliando con el rosado, yo que siempre lo detesté por ser el resumen de un cliché.
Hay algo de entrega en mis mañanas de rosa. Mucho de humildad. Recupero poco a poco lo perdido. La sonrisa, el agua del mar en mi piel, el beso de mi amor, el sabor del chocolate, la risa de mis hijos, la luz de la mañana. El placer de lo cotidiano, la belleza de los tomates y hay como una iluminación. De pronto comprendo todo y sonrío. El mundo se convierte en oráculo y todo tiene sentido. Los libros me hablan o resuenan sus ecos dentro de mí y me señalan, sabios, mis heridas de mentira. Comprendo que vivir como loca esperanzada es mi perdición.
Vivir con esperanza me ha forzado a vivir en el futuro. El futuro es inasible, nunca llega. Siempre está más allá y la esperanza me ha mantenido andando en pos de él. ¡Que cansancio, carajo! El ahora se pierde en esa persecución y en la noche el vacío es enorme. Me da un poco de risa…el prozac me ha brindado la oportunidad de vivir el estado budista del eterno presente. Pegada en el instante que corre tengo la oportunidad de disfrutar. El tiempo pasa mas lento así. Por eso estoy practicando vivir sin esperanzas. Creo que ya no la necesito….eso espero…

4 comentarios:

mob dijo...

VIVIR SIN ESPERANZAS, YO SIENTO QUE ES UNA CONTRADICCION QUE ESTA DENTRO DE NOSOTRAS, PORQUE CREO Y SE FIRMEMENTE QUE CUANDO NOS SENTIMOS SIN ESPERANZAS, ES CUANDO MAS ESPERANZADOS ESTAMOS, ES UN ACTO PERPLEJO, DE DUDAS DE AGITACION, PERO EN EL FONDO MISMO DEL ACTO ESTA PRESENTE EL SOSIEGO. CLAMA A EL Y VENDRA A NUESTRO RESCATE, COMO UN SUPERHEROE A SUS CIUDADANOS.

Luisa Elena Sucre dijo...

Muy impactante, trasparente, profunda, movilizadora... esta reflexión tuya sobre tu propia depresión querida prima. A punto de graduarme de psicoterapeuta y luego de casi 4 años de terapia, he entendido por fin que vivir en el futuro o en el pasado puede ser el germen atómico de una gran desesperanza depresiva. Sige reflexionando así, conversando así con esa hermana-amiga que escogiste y sigue tomando tu prozac hasta tu organismo te diga que estás lista... vas por buen camino. Cuenta conmigo.

pochogarcés dijo...

Querida, no se que decir, pero debo hacerlo. Necesito hacerlo.

No conozco palabra mas desesperanzadora que la misma esperanza, pues esta palabra -como bien lo dices- supone una condicion y situacion de abandono, soledad y desasosiego... en consecuencia tener esperanza es esperar que las cosas se solucionen por si solas, y nos procura un NO ESFUERZO aterrador.

Quiero prozacccc... :)

Un beso y un enorme abrazo

María J. Aponte dijo...

Pufff... Le diste al grano. Somos dos! Y creo que es mejor no esperar nada. A mi, que el mundo me sorprenda. Siempre voy con las manos vacias a ver que encuentro :-) Muy buen post.